En un provocativo documental, Slavoj Zizek aparece en medio de un basurero escenificando lo que para él es el lugar ideal del ser humano: en la basura.

En un provocativo documental, Slavoj Zizek aparece en medio de un basurero escenificando lo que para él es el lugar ideal del ser humano: en la basura. “Aquí es donde deberíamos empezar a sentirnos en casa”, dice en medio de una montaña de desperdicios. La basura, además de ser una característica inherente al ser humano, es una condición que nos identifica y una forma de pertenecer al mundo. Nos son más propios los desperdicios que generamos que otra cosa; incluso el espacio que no habitamos, más allá de la atmósfera, lo hemos llenado de basura. Basta con dejar de limpiar un momento para que la basura se amontone casi milagrosamente; incluso si nos quedamos parados, en poco tiempo haremos una montaña de pestañas, vello y piel. Dice Michel Serres que lo que está limpio no pertenece a nadie; la condición para apropiarnos de algo o de habitar algún lugar es a través de la mancha que imprimirnos en los objetos y nuestro entorno: sólo poseemos ensuciando. Del mismo modo que una enfermedad degenerativa, la basura no desaparecerá, hay que vivir con ella. Sin embargo, lo que sí se puede decidir es de qué modo vamos a hacerlo. Las sociedades nos organizamos para tratar y ocultar las toneladas de desechos que generamos a diario. Unos lo hacen mejor que otros: Suecia hace un año se quedó sin basura debido a la eficiencia en sus sistemas de recolección, reúso y reciclaje, y tuvo que importarla para mantener sus plantas; en México tuvimos una kilométrica alfombra bajo la cual arrojamos impunemente por años nuestros desperdicios en el Bordo Poniente; los lunes por la mañana sorteamos infectos charcos de lixiviados en cada esquina que dejan los camiones recolectores. Existen regiones de la Ciudad de México y Área Metropolitana —Santa Fe, por ejemplo, insignia del desarrollo económico de México hace años— cuyo perenne hedor proveniente de cañerías impregna las zonas de inmuebles de notable estilo arquitectónico construidos sobre basura. En una suerte de alquimia del subdesarrollo, convertimos los ríos en tuberías, que desembocan en mares de mierda, literalmente

La ZMVM roza los 30 millones de habitantes y nadie sabe de dónde más traer agua o dónde poner el exceso de basura. El mexicano, pero con mayor precisión el chilango, suele trasladar la longitud, masa y volumen de cualquier objeto a la figura del Estadio Azteca; se ha escrito que la basura generada en la república mexicana por día puede colmar el Coloso de Santa Úrsula; sumemos a esta mitológica analogía que en la actualidad la forma de generar desperdicios se ha extendido en virtud de los avances tecnológicos en el mundo. Pensemos en los automóviles, celulares, computadoras, la ropa, etcétera. La producción de los objetos antes se basaba, además de su utilidad, en calidad y durabilidad. Un abrigo se comenzaba a desteñir o estropear a los 15 años de uso; un automóvil se producía para funcionar más de 20. La innovación tecnológica ha contribuido con la pronta obsolescencia de sus productos; los avances van más de prisa que su uso, ahora todo hay que reponerlo en poco tiempo, basta una actualización para anular un aparato y tener que desecharlo.

En un año habrá elecciones presidenciales en México, y será al mismo tiempo conmemoración de la más abyecta contaminación (política) del país: banderines enmarcarán las infames sonrisas de los candidatos, habrá millones de spots en la radio con promesas inverosímiles que irrumpirán nuestros oídos, sin ningún permiso, claro; se erguirán inmensos espectaculares invadiendo las grandes vialidades, con sus diseños atroces y textos infantiles, e innumerables muros serán pintados en deprimentes composiciones pictóricas partidarias, sumiendo a la ciudad en un patético grafiti político. No podemos dejar de pensar si esta mugre política que vendrá el próximo año no es algo en lo que participamos activamente los ciudadanos y con lo cual nos identificamos. ¿Cómo nos hemos acostumbrado a todo esto, año con año, al punto de no exigir que no suceda más? ¿Estamos tan acostumbrados a vivir entre basura al punto de no tratar este tema como un enorme problema? El contexto estético de una ciudad determina el ánimo tanto psicológico como cívico de los ciudadanos. Vemos que, en otras ciudades, el tratamiento de sus calles, edificios, espacios públicos, ríos y montañas, y por supuesto, su basura, comprueba el nivel de orgullo de sus habitantes. Si bien no podremos dejar de generar basura, sí podemos decidir sobre las condiciones para un ambiente limpio y menos contaminado de ruido, publicidad, propaganda, etcétera. Como sucede en casi todas las sociedades y por más trillado que sea, esto se logra exigiendo al gobierno, pero también modificando nuestros hábitos y consumiendo responsablemente.

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