Un individuo no funciona sin la comunidad y la comunidad no funciona sin él, y a este criterio de la alteridad debemos agregar el aprender a vivir en nuestro entorno.

En verdad que el cuidado y el gasto de nuestros padres apunta sólo a atiborrarnos la cabeza de ciencia; del juicio y de la virtud, ni palabra. Michel de Montaigne

Con el fin de demostrar que el incesante incremento en la población humana repercutiría inevitablemente en el escaseo de los recursos naturales, en 1968 el ecologista Garrett Hardin planteó un dilema en la revista Science que polemizó cuestiones referentes a la economía, demografía y ecología, además de profundizar en el tema de la ética y la libertad. La tragedia de los comunes, como se le llama al dilema, trata de un pastizal en donde varios ganaderos ponen a pastar a sus animales. Pasado un tiempo, se dan cuenta de que la extensión del terreno permite que puedan traer más animales y obtener mayores ganancias, por lo que introducen más ganado, hasta que la capacidad del pastizal es sobrepasada y los rebaños mueren. Además de buscar demostrar con esto que el incremento “desmedido” de seres humanos que consumen en un mismo planeta finito tendrá un ineludible colapso —se dice que desde el 2014 los seres humanos consumimos más de lo que la Tierra puede producir—, toca la cuestión de si es posible que personas libres con recursos comunes puedan ponerse de acuerdo para no evitar demandar más recursos de los que un ecosistema pueda proveer. Por lo menos el dilema no es optimista en el resultado y muestra que las personas actuamos racionalmente primero por interés personal, pues no asumimos las consecuencias que nuestras decisiones tendrán en los otros, el entorno, y enfrenta el beneficio individual con el común. La solución de Hardin es el auxilio del gobierno que regule los intereses de los individuos, algo que de hecho sucede; sin embargo, queda tristemente oculta la imposibilidad de poder relacionarnos con nosotros mismos sin las leyes, como si el bien común sólo pudiera lograrse en virtud de un órgano regulador. Si bien la polémica del planteamiento Hardin ha tenido a lo largo del tiempo numerosas respuestas, el ejemplo nos ayuda a enfrentarnos al conflicto emanado de la convivencia humana y con el medio ambiente. El reconocimiento en el otro no sólo nos construye como sujetos, sino que nos confronta con la responsabilidad que debemos asumir con nuestros semejantes. Uno reconoce cómo opera esta conciencia o inconsciencia del otro en nuestra vida cotidiana. En México es común que un semáforo en rojo no lo respeten automovilistas, ciclistas, motociclistas y peatones, y aunque se ha tratado este tema en otra entrega de esta columna, son ejemplos que importan para comprender que, por un lado, no tenemos aún la integridad cívica para convivir en las ciudades, por lo tanto, con los otros, y por el otro, entender que estas acciones se replican en la sociedad, empresas y gobiernos hasta las más altas esferas: no reconocer la obligación de detenerse en el rojo se confronta con el derecho del otro de pasar en el verde, y con este acto se socava la semilla de la convivencia, del respeto, y que en el gobierno y corporaciones se traduce en la normalización de llevar a cabo cualquier acto ilegal y de corrupción. Aunque unos somos más responsables que otros, todos llevamos culpa en esta infeliz vida cívica. ¿Qué podemos esperar, entonces, de los conflictos relacionados con el medio ambiente en la actualidad? ¿Tenemos nociones de ética ambiental en México? ¿Somos conscientes de las consecuencias de nuestras acciones en el entorno y el futuro? Un acto sustentable es aquel que se lleva a cabo pensando en la protección de las generaciones venideras; la sustentabilidad es una promesa, un acto que adquiere su valor en sus resultados potenciales, no es necesariamente algo que tenga que ver con el presente. ¿Estamos preparados para actuar de forma que protejamos a las generaciones venideras? Si no podemos con el presente, ¿cómo esperar hacer algo por el futuro? Es urgente comprender que no sólo está en el presente la clave para formar ciudadanos ambientales; está también en las generaciones que están por venir, en la educación. El triste sistema educativo en México no sólo es profundamente defectuoso, sino que no contempla, por lo menos como prioridad, la formación de niños y jóvenes con conciencia ambiental, a habitar y conservar un mundo dañado, además de contar como en muchos otros países con un sistema educativo abocado a formar técnicos y funcionarios en lugar de ciudadanos. Un individuo no funciona sin la comunidad y la comunidad no funciona sin él, y a este criterio de la alteridad debemos agregar el aprender a vivir en nuestro entorno. ¿Estamos a tiempo? Por fortuna, una educación digna que reconozca las necesidades del otro, que enseñe honestidad, justicia y conservación, proviene principalmente de la familia, los padres y el hogar, y no se tiene que esperar la eficiencia educativa de un Estado..

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