Las tragedias son zarpazos muchas veces imprevisibles en los que nos volvemos a percatar de nuestra enorme vulnerabilidad.

Las tragedias son zarpazos muchas veces imprevisibles en los que nos volvemos a percatar de nuestra enorme vulnerabilidad. Los recientes sismos en Chiapas, Oaxaca y la Ciudad de México son una prueba palmaria en la que se demostró una vez más que es imposible prever dónde y cuándo ocurrirá un sismo.

Es inevitable comparar los saldos de destrucción del sismo que ocurrió el 19 de septiembre de 2017 con los de 1985, que dejó probablemente más de 40 mil muertos en la Ciudad de México. No hay manera de cumplir este ejercicio; hace 32 años el gobierno federal entró en un estado de pasmo vergonzoso y ahora, no sé si por la comunicación actual instantánea o por el cumplimiento del deber, o por la población que se volcó decidida a ayudar, las autoridades reaccionaron rápidamente.

Más allá de sainetes mediáticos que en nada ayudaron y de la exhibición de que nuestros millennials no tienen roto el corazón como habíamos pensado, me interesa abordar el tema de la reconstrucción y sus diferentes aristas. Una primera y muy relevante se vincula con los mecanismos de planeación constructiva. Si obviamos el nada evidente hecho de aquellas edificaciones que cayeron por proceso de construcción deficientes, cuyos responsables deben ser castigados por la ley, nos podremos concentrar en preguntarnos si hay un verdadero ejercicio de modelaje para las nuevas edificaciones.

Las nuevas edificaciones tendrían ya que contar con criterios de sustentabilidad.

Intuitivamente se sabe que en zonas cálidas se debe construir con elementos que permitan liberar el calor o que en zonas frías se deben buscar materiales aislantes, pero ¿esto a nivel de políticas tiene algún rigor? Si es el caso, es desconocido por todos. Es evidente que las nuevas edificaciones tendrían ya que contar con criterios de sustentabilidad, orientaciones térmicas, dispositivos ahorradores, fotoceldas solares, en fin, elementos que, si bien tienen un valor marginalmente más alto en el momento de su adquisición, se amortizan eventualmente por el ahorro de energía.

Parecería no haber un criterio regional de construcción ni lineamientos que deban ser cumplidos a rajatabla, y si los hay, son vencidos por prácticas ancestrales. De acuerdo con Transparencia Internacional, México ocupa el primer lugar en América Latina en corrupción.

Para todos es evidente y, sin embargo, de alguna manera participamos volteando en otra dirección y evitando problemas. Ante mi asombro, tengo un amigo arquitecto que me cuenta que en su presupuesto de obra ya está previsto el diezmo del “moche” y, por ejemplo, una amiga en la calle de Londres, en Coyoacán, denunció ante el INVEA, la PAOT y la delegación que su vecino construía un edificio sin uso de suelo… hoy el edificio está terminado.

Otro tema toral es el financiamiento de la reconstrucción. El subsecretario de Ingresos Miguel Messmacher en su comparecencia ante la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados explicó que el gobierno pagará prácticamente todo el costo a través del gasto público. De inmediato los partidos políticos, encabezados por AMLO, como arietes de la demagogia sugirieron donar sus prerrogativas e inclusive el total de su financiamiento a los costos de reconstrucción, sabiendo que la ley electoral lo prohíbe y en un ánimo de lucro político. Parecía una carrera en la que nadie se quiere quedar atrás ante los ojos ciudadanos que están hastiados de los costos de nuestros institutos políticos. A contracorriente de la opinión mayoritaria, estoy completamente de acuerdo con que no se les dé un peso más si el argumento es que “eso los dejaría a merced del narco e intereses privados”, tema que desconoce que existe un Estado que puede legalizar las drogas y poner freno.

Sin embargo, lo idóneo sería que este recorte (total o parcial) al gasto en partidos políticos viniera acompañado de etiquetas claras como las de prohibirles el uso de mantas de plástico en sus campañas, evitar mítines de acarreados que son traídos desde regiones lejanas con las consecuentes emisiones, la prohibición de entregar souvenirs a la población y el compromiso de que el ahorro que emane de esta iniciativa se invertirá en procesos de reconstrucción fiables y con un carácter ambientalmente amigable.

Parecería que es demasiado pedir, pero parafraseando a los jóvenes de los años 60, me sumo a una máxima que siempre quise hacer mía: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

 

* Fedro Carlos Guillén es Doctor en Ciencias y articulista; autor de los libros Crónica alfabética del nuevo milenio y La sala oscura, entre otros.

Sigue a Fedro a través de Twitter: @fedroguillen

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