Edición 32
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El maltrato animal

Por Daniel Sánchez Poitevin / @Dapoitevin

“El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales”,

Arthur Schopenhauer

Tras siglos de cavilaciones en Europa para intentar definir lo que es una persona, cuando el este docto hombre occidental llegó a América, no supo decir si los pobladores que habitaban ahí eran personas. No sólo es difícil definir, sino que muchas veces nuestras nociones sucumben cuando son interpeladas por la realidad. La relación que tenemos en la actualidad con los animales, o si resulta más preciso llamarlos animales no humanos, plantea un dilema semejante al que conocieron los colonizadores europeos al llegar a América. En la historia de la humanidad, la explotación y maltrato animal ha estado tan vigente como la de las personas con sus semejantes; sin embargo, hoy se busca dotar de una dignidad parecida a la humana a las especies vivas que no son humanas.

Pero, ¿de qué modo lo estamos haciendo y bajo qué circunstancias? Al final se trata de responder a la pregunta sobre cómo puede evitar el sufrimiento animal la misma especie que se lo provoca. Como sucede con muchas otras acciones humanas, ante la probable imposibilidad de abordar la cuestión desde un planteamiento meramente ético y que nuestras decisiones sobre la cuestión se avoquen a simplemente no dañar animales nada más porque es moralmente reprobable, optamos por el camino de la ley al punto de buscar otorgar derechos a los animales. Que la ley proteja a los animales no está mal, pero hay que insistir: ¿De qué modo lo estamos haciendo? El tema no es sencillo, abarca la conservación de especies salvajes, el trato a especies invasoras, control de plagas, manejo cinegético, la fauna que habita en las ciudades, para entretenimiento y los animales de los que nos alimentamos.

Desde hace varios años, el filósofo español Fernando Savater ha sido tajante al rechazar la idea de derechos a especies no humanas: “Los animales no tienen derecho en el sentido estricto de la palabra, pues tampoco tienen ningún deber. El derecho es una cosa que los seres humanos nos concedemos, entendemos que uno tiene un deber y por lo tanto tiene un derecho correlativo a exigirlo”, dice el filósofo, el cual mantiene una postura reprochada por la opinión pública según la cual no debemos confundir ni ética ni jurídicamente la vida animal con la humana. Cuestiona también la posición del Estado como mentor de los gustos personales de los ciudadanos refiriéndose a la prohibición de las corridas de toros en España: “¿Es papel de un Parlamento establecer pautas de comportamiento moral para sus ciudadanos, por ejemplo diciéndoles cómo deben vestirse para ser ‘dignos’ y ‘dignas’ o a qué espectáculos no debe ir para ser compasivos como es debido?”, declaró para un diario español. La problemática se enturbia cuando nos preguntamos qué tipo animales y bajo qué contexto deben tener derechos, y de qué naturaleza deben ser éstos. En 2015 entró en vigor una ley mexicana que prohíbe la participación de animales salvajes en los circos. Aunque de entrada pueda celebrarse la noticia, se sabe por un buen número de notas periodísticas que la ley ha sido sumamente perjudicial para los dueños de los circos, pero sobre todo para los animales.

Una nota del periódico Milenio afirma que 80% de los ejemplares incautados en los circos han muerto, y otra del diario británico Daily Mail señala que varias especies han sido vendidas al crimen organizado. Una ley mal elaborada y la falta de santuarios en México para albergar a los animales son las razones por las cuales este “remedio” fue peor que la enfermedad, bajo una iniciativa que no es más que una expresión de demagogia partidista en la que subyace una calamidad atroz, el aparente abandono de más de mil animales a su suerte en un contexto donde impera la crueldad y el desinterés por su dignidad. El sufrimiento animal provocado con dolo debe ser castigado además de evitado, pero también aquellos que celebramos el contrato social, los seres humanos, debemos saber poner las reglas para evitar este sufrimiento, y reflexionar de qué modo queremos proteger al animal que nos comemos, el que cazamos, al que se come a las ovejas y los que nos acompañan en casa.

¿Qué tipo de especies queremos proteger? ¿Las debemos proteger por igual? ¿Hasta dónde queremos involucrarnos moralmente? Savater dice, continuando el texto arriba citado, que “en el derecho tradicional se considera bárbaro el hecho de no distinguir entre lo humano y lo animal” Si bien puede que sea bárbaro el hecho de no distinguir entre lo humano y lo animal (¿en serio podemos lograr hacer esta distinción?), también quizá plantear esta diferencia por siglos haya engendrado la barbarie que vivimos con los seres no humanos que habitan el planeta, como cuando el europeo conoció América y a sus habitantes.

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