Edición 32
Actualmente, organizaciones proteccionistas de todo el mundo cuestionan el papel conservacionista de los zoológicos y denuncian que su uso se limite al entretenimiento.
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Reportaje: El zoológico, ¿en vías de extinción? (I de II)

Por Leonardo Tarifeño / @leotarif

La tarde del sábado 28 de mayo del año pasado, un niño cayó a un foso del zoológico de Cincinnati. Dentro del foso se encontraba el gorila macho Harambe, de 17 años, 181 kilos y prominente musculatura, junto a dos gorilas hembras. Según registraron imágenes de video hoy disponibles en YouTube, Harambe se acercó al niño, lo tomó de una de sus piernas y lo movió unos metros. Menos de 10 minutos después de la caída del niño al foso, miembros del Equipo Especial de Respuesta del zoo dispararon contra el gorila, quien murió de inmediato. El niño fue trasladado al Centro Médico Infantil de la ciudad, sin heridas. El director de la institución, Thane Maynard, explicó que “no parecía” que el animal hubiera atacado al joven, pero justificó la agresión del Equipo Especial de Respuesta al señalar que se trataba de un simio “extremadamente fuerte”, imposible de adormecer en cuestión de segundos. El gorila pertenecía a una especie en extinción y había llegado a Cincinnati en 2015, procedente del zoológico Gladys Porter, de Brownsville, Texas.

Al morir, Bantú estaba por cumplir 25 años. Había nacido en el Zoológico de Chapultepec y era el único gorila macho de tierras bajas occidentales que había en el país.

Un mes más tarde, otro gorila, Bantú, moría en dudosas circunstancias en el zoológico de Chapultepec, en la Ciudad de México. El comunicado oficial señaló que Bantú, de 25 años, falleció el 6 de julio mientras esperaba su traslado al zoológico de Guadalajara, donde debía aparearse con dos hembras de la misma especie. De acuerdo con lo expresado por la Secretaría de Medio Ambiente capitalina, el animal habría sufrido “un paro cardiorrespiratorio” totalmente inesperado si se tiene en cuenta que los especialistas habían seguido “todos los protocolos médicos y veterinarios internacionales”. Sin embargo, según organizaciones animalistas como Proyecto Gran Simio, la muerte del gorila podría explicarse por un “presumible exceso de anestesia”, un error creíble si se toman en cuenta las imágenes viralizadas poco después, en las que se advierte que el cuerpo de Bantú fue descuartizado durante la autopsia. Si el animal había sufrido un paro cardiaco, ¿por qué se lo decapitó y cortó en pedazos para dictaminar las razones de su muerte? Con esa pregunta en sus bocas y varios reclamos en sus pancartas, por esos días los activistas de Gran Simio y de otras entidades en contra del maltrato animal se manifestaron en la puerta del zoológico de Chapultepec. A mediados de ese mismo mes, Paulina Bermúdez, directora de Proyecto Gran Simio en México, denunció que a través de las redes sociales recibió una amenaza de muerte en la que se le exigía que dejara de pedir el cierre del zoológico. Las autoridades investigaron la denuncia, pero no encontraron responsables.
Los casos de Harambe en Estados Unidos y el de Bantú en México reforzaron la duda acerca de la utilidad y la vigencia de los zoológicos en el siglo XXI. Tal como revelan sus respectivos finales, todo indica que sus muertes fueron producto de la intervención humana, circunstancias evitables si ambos ejemplares hubieran vivido en sus espacios naturales. Por lo tanto, en una época que comienza a reconocer legalmente los derechos de los animales, parece legítimo preguntarse por la justificación que tendría el encierro de miles de especies arrancadas de su propio hábitat. El debate sobre la pertinencia contemporánea de estas instituciones, creadas a fines del siglo XVIII para educar al público visitante, recorre todo el mundo y cada país ofrece una respuesta distinta, algunas de ellas contundentes. Por ejemplo, en Costa Rica, más de 177 000 ciudadanos firmaron un petitorio de prohibición de la caza deportiva, proyecto que, durante su paso por el Congreso nacional, sumó la iniciativa oficial de cerrar los zoológicos para complementar la protección de la biodiversidad. Los animales fueron liberados y se espera que los zoos Simón Bolívar y Santa Ana sean reconvertidos en parques urbanos y jardines. ¿Será que, como sugiere la decisión costarricense, los zoológicos enfrentan su propio peligro de extinción?
Las principales razones que amenazan el futuro de los zoológicos son educativas y filosóficas. La educativa sugiere que el objetivo pedagógico de estas instituciones ya resulta anacrónico, rebasado por las posibilidades actuales de educar al público en el hábitat natural de los animales. Numerosos estudios internacionales han indicado que los niños no adquieren conciencia del respeto a las especies en un entorno de encierro, y algunos incluso sugieren que llevarlos al zoológico perjudica los esfuerzos de conservación. Según un informe de PETA (People for the Ethical Treatment of Animals), una estadística obtenida en el zoológico de Londres indica que 59% de los niños entre 7 y 15 años que tomaron un tour guiado por educadores, no lograron resultados positivos. Y la lamentable muerte de Harambe en Cincinnati demuestra, aun de forma extrema, que las iniciativas de conservación no siempre son compatibles con la presencia infantil.

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