Edición 32
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La crueldad de la cosmética

Por Fedro Carlos Guillén / @fedroguillen

En mis años de primaria, allá por el Pleistoceno, recibíamos una clase acerca de los animales de granja. La maestra nos mostraba a los diversos seres que habitaban este entorno rural y preguntaba: “¿Para qué sirve la vaca?” o “¿qué nos da la gallina?”, dejando entre sus estudiantes la vaga idea de que el único sentido de la existencia de estos bichos era proveernos de satisfactores cotidianos. Sospecho que esta idea utilitaria ha variado poco y es por ello que hoy me interesa abordar la relación existente entre la industria de los cosméticos y el maltrato animal.

Cuando una mujer o un hombre recurre a algún maquillaje o fragancia para resultar más atractivos, seguramente ignora que ese producto llegó a sus manos luego de cruentas pruebas de toxicidad en dosis repetidas en busca de potenciales carcinógenos a alergénicos que se practican en más de 100 millones de animales al año, entre los que se cuentan ratas, ratones, cerdos perros y ranas, entre otros.

Hay gente (no es mi caso) que disfruta invertir su tiempo asistiendo a pasarelas en las que modelos de 40 kilos pasean orondas y profusamente maquilladas. Es probable que este público ávido de belleza no sepa que algunas compañías se dedican a experimentar preñando ratas o conejas para luego administrarles productos con cierto grado de toxicidad; posteriormente las matan y estudian el efecto que estas sustancias han provocado en los fetos.

Existen fronteras sutiles y otras no; en el caso de la experimentación con animales, existen diversas motivaciones de nobleza desigual. En 1885, por ejemplo, Louis Pasteur experimentó con perros y conejos con el fin de buscar la cura de la rabia, una terrible enfermedad que diezmaba a la población europea del último cuarto del siglo xix. Su exitosa inoculación al joven Joseph Meister permitió salvar cientos de miles de vidas. No tengo la menor duda de que en este caso existe una justificación en términos de que lo que se busca es preservar la vida humana. El debate está abierto: hay quien sostiene que no tenemos derecho a imponer de manera arbitraria y a veces brutal la asimetría que existe entre los seres humanos y el resto del mundo vivo. Creo que esta visión admite matices; el ejemplo de Pasteur me parece que abona para entender que estas experimentaciones a veces son necesarias e imprescindibles. Por supuesto esta línea se rebasa en el momento que utilizamos a seres vivos para fines infinitamente menos nobles, como satisfacer nuestra vanidad.

Existe una creciente tendencia a abolir la experimentación con animales con fines cosmetológicos. En el año 2013, la Unión Europea prohibió los cosméticos o ingredientes de cosméticos que hubieran sido probados con animales ya que se ha encontrado que existen 15 000 ingredientes seguros y probados que pueden evitar estas prácticas. Por ejemplo, la organización defensora de animales PETA sostiene que en lugar de quemar la córnea de un ojo animal en un organismo vivo, se puede realizar el mismo experimento dejando caer la sustancia tóxica en estructuras de tejido de córnea producidas a partir de células humanas.

En el mundo, 13 animales son sometidos a experimentación con fines cosméticos cada minuto ¿Qué se puede hacer? Como siempre, la respuesta está en el mercado de consumo, que puede orientar sus preferencias hacia productos que se fabriquen sin usar estos métodos y en consecuencia presionar a los fabricantes para cambiar sus técnicas de experimentación.

Existe una etiqueta llamada cruelty free que se coloca en productos de belleza para indicar que han sido fabricados por medio de técnicas que evitan la experimentación. El logo es el de un conejo juguetón brincando en medio de un círculo. Hay algunos problemas asociados ya que algunos países como China exigen a los importadores de cosméticos pruebas con animales ya que no reconocen aún el valor de las pruebas in vitro en las que se pueden reproducir compuestos biológicos sin la necesidad de utilizar animales vivos como los cultivos de células, tejisos y órganos, el uso de voluntarios humanos o la generación de modelos matemáticos que pueden dar los mismos rasgos de certidumbre que aporta la experimentación animal.

Éste es un mundo que se desboca hacia la frivolidad, pero también hacia la conciencia ambiental. Me parece que nuestro papel como ciudadanos es orientar nuestras preferencias de consumo hacia formas más sensatas, que eviten la barbarie en la que hemos caído para satisfacer necesidades tan vitales como un ojo con rímel perfecto.

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