Una nueva ola que abraza la frugalidad, la simplicidad voluntaria o el minimalismo como conducta y estética vital parece haber resurgido recientemente.

“Simplifica, simplifica, simplifica”, escribía extasiado Henry D. Thoreau en Walden o la vida en los bosques (publicado en 1854), texto fundamental de la vida sencilla que relata como el filósofo se retiró un par de años a la contemplación de la naturaleza.

Si bien muchos seguidores de una existencia más sustentable consideran su premisa desde hace tiempo, una nueva ola que abraza la frugalidad, la simplicidad voluntaria o el minimalismo como conducta y estética vital parece haber resurgido recientemente.

Ahora hay deportistas minimalistas (los barefoot runners que correr descalzos o con un calzado muy sencillo alejado de los tenis ultratecnológicos); chef minimalistas que proponen armar platos con dos, tres y hasta cinco ingredientes para que los menús saludables no sean complicados (como Jules Clancy en thestonesoup.com); diseñadores de moda que sugieren regalar todas las prendas del closet y sólo quedarse con 33 piezas combinables (theproject333.com, y diseñadores de muebles e interiores que llevan al extremo el arte de hacer cada pieza expandible, multifuncional y transformable. Uno de ellos es Graham Hill, el joven arquitecto y diseñador artífice del reconocido sitio sobre sustentabilidad treehugger.com y también de lifeedited.org, página que plantea vivir en espacios pequeños pero distribuidos con vanguardia e inteligencia superfuncional.

En una charla reciente, Hill llama la atención acerca de los momentos que las personas solemos recordar como los más felices, la alegría, la libertad y el tiempo que traen los eventos en los que estamos rodeados de menos cosas materiales y posesiones: las aventuras en campamentos, las habitaciones de la universidad o los cuartos de hotel en vacaciones. “Hay que editar sin piedad, limpiar las arterias de nuestras vidas”, expresa.

Otro movimiento que comienza a destacarse en Estados Unidos, Canadá y Europa son las tiny houses, pequeñas viviendas móviles y económicas —tipo cabañas— que apenas cuentan con lo esencial para habitarlas; pueden montarse en jardines y campos abiertos (parecidas a la que construyó Thoreau en el bosque, por cierto). Algunas de estas propuestas arquitectónicas (y de vida) se muestran en el documental sueco Microtopía (Jesper Wachtmeister, 2013), disponible para renta en vimeo.com.

La conexión de la frugalidad con sus beneficios ambientales no necesita demasiada explicación. Es lógica la relación de usar y comprar menos cosas con una menor huella contaminante. El ahorro es claro si se necesitan menos recursos (de espacio y energéticos) para fabricar, mantener, limpiar y luego desechar diversos tipos de objetos.

Los seguidores de esta tendencia, aunque suelen abrazar causas ecologistas, lo hacen sobre todo por razones de tiempo y bienestar. Una encuesta de 2011 hecha por investigadores del Simplicity Institute (organización sin fines de lucro en Australia que difunde alternativas para una sociedad consumista en exceso), indicó que 87% de las personas que eligieron vivir con menos dijo ser más feliz por el hecho de reducir sus compromisos laborales, deudas y posesiones. Los entrevistados aseguraron que tomaron esas decisiones para pasar más tiempo con familia y amigos, ser voluntarios y perseguir metas creativas personales.

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