Empaques superfluos y tecnología con vida útil limitada: los riesgos de la cultura de “comprar y tirar”.

La basura inorgánica está formada, en mayor medida, por envases y envoltorios. Los empaques son el más importante generador de residuos sólidos urbanos –los que desechan los ciudadanos y son recolectados por el sistema local–, y el mayor componente de la basura en el país. “En los 90 el monto de envases era de 18% del total; ahora es de 25%”, asegura el doctor Gerardo Bernache Pérez, autor de Cuando la basura nos alcance. El impacto de la degradación ambiental y profesor del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (ciesas) Occidente.

“La generación de residuos tiene relación directa con los patrones de consumo de la población. En décadas recientes ha preferido más materiales para empaques, productos con vida útil más corta, reducción de los tipos de empaques retornables, así como un aumento en envolturas y materiales definidos como desechables”, señala. “La cultura del ‘úsese y tírese’ se ha vuelto el común denominador; no sólo se arroja al cesto de basura lo desechable, sino que la costumbre se expande a otros productos y materiales que en principio no lo son. La comodidad para el consumidor es un eje que motiva los nuevos hábitos de compra”.

Embalajes, botellas, cajas, bolsas y cartones forman 35% de los residuos en la ciudad, según la Secretaría del Medio Ambiente. Pese a las campañas —como Sin moño y sin bolsita—, casi no hay evento popular o festividad que no esté acompañado de recuerdos ad hoc que incluyen globos, cintas, bolsas o plásticos labrados o estampados que acentúan el momento durante unas horas, para luego formar parte de alguno de los 1 882 sitios de disposición final o tiraderos (13% son rellenos sanitarios). En espacios a cielo abierto sin control terminan 13 000 millones de piezas de unicel (cerca de 350 000 toneladas al año) y 800 000 toneladas de botellas de pet. “Un tiradero no es legal pero es muy común”, explica Bernache. “Son sitios donde no se controlan los vectores de contaminación, como las emisiones de gases, los efluentes que dependiendo de la topografía pueden filtrarse en los mantos freáticos o llegar a otras fuentes de agua como lagos y lagunas, y la contaminación del suelo”.

Pese a que muchos de estos materiales son potencialmente reciclables, no ocurre así en la realidad por fallas en el trayecto del hogar al sitio final. “La tasa de separación de residuos en casa no llega ni a 3%, y a nivel nacional se recicla apenas 8% del total”, agrega. Aunque las leyes de separación de residuos ya existen, el gran problema suele ser que no se cumplen y que las autoridades son “juez y parte” a la vez; es decir, son las encargadas de brindar el servicio y también de regularlo. Para el especialista, el cambio sólo puede hacerse (además de recuperando los materiales que pueden volver a formar parte de la producción) desarrollando decisiones de consumo basadas en el respeto al ambiente. El entrevistado sostiene que es preciso detener dinámicas económicas basadas en la obsolescencia planeada (cuando se acorta la duración de un producto a propósito para que el consumidor compre otro en poco tiempo) así como el consumo de  productos “marcadores de clase” que poco tienen que ver con una lógica sustentable. En este asunto tienen protagonismo los aparatos electrónicos.

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