El proyecto de restauración costó 386 millones de dólares, en su momento la recuperación más costosa que se había hecho de un río.

La costumbre enceguece. Ver cada día el mismo paisaje lo convierte en algo inamovible, como si cierta noción de permanencia lo mantuviera estático, como si la rutina diaria tuviera visos de eternidad. A pesar de esto, sabemos que todo cambia, que momento a momento ese paisaje inamovible se modifica y, sin percatarnos, se transforma en algo completamente distinto. Así un día, una ciudad, digamos Seúl, crece alrededor de un río, un río pequeño, digamos el Cheonggyecheon, que divide la ciudad en norte y sur, y que eventualmente desemboca en un río más grande, el Han. La ciudad y el río tienen una relación larga, se construyen diques, puentes y casas en la ribera. Existe, hasta cierto punto, un equilibrio natural; sin embargo, poco a poco éste se rompe. La ciudad crece, utiliza el agua del río y le devuelve sus deshechos. El río se transforma en un vertedero, la ciudad crece un poco más y necesita medidas higiénicas, así que se toma la decisión de entubar el río. La expansión de la ciudad continúa, un transporte veloz y eficiente es necesario, por lo tanto se construye una vialidad sobre el río y luego, cuando ésta se satura, se construye otra más encima de la anterior. La historia puede continuar así al infinito. El río es parte del pasado, una simple leyenda; mientras tanto la mirada, con esa extraña noción de costumbre, supone que las vialidades siempre han existido sobre el río ausente. Esta historia no es original, más bien es una constante que ha sucedido en distintos lugares, en distintas épocas. Un río más ha desaparecido. Ya estamos acostumbrados.

Que la costumbre paralice no quiere decir que estos cambios hayan sido imperceptibles; de hecho, muchas veces han sido radicales y abruptos. Entubar un río o construir vialidades elevadas son actos que no pasan desapercibidos, actos nada sutiles. El río Cheonggyecheon ha sido modificado en múltiples ocasiones. Se construyeron diques en el siglo XV, fue rellenado y dragado varias veces en el siglo XVIII y fue transformado parcialmente en drenaje subterráneo durante la ocupación japonesa de Corea previa a la Segunda Guerra Mundial. Para 1955, cuando muchas familias rurales emigraron a la ciudad después de la guerra de Corea y ocuparon las riberas del río, éste fue cubierto con concreto para ser utilizado como vialidad, y en 1971 se terminó la construcción de una vialidad elevada de 5.6 kilómetros de largo. Ninguna de estas obras fue planeada con malas intenciones, al contrario, todas éstas reflejaban el espíritu de su época, todas las intervenciones se hicieron con ansias de progreso y de modernidad, eran coherentes con sus valores. Hoy en día no es distinto, seguimos jugando al zeitgeist y no podemos escapar de él. Entendemos las condiciones actuales y actuamos guiados por ellas y por supuesto pensamos que no estamos equivocados, y que las soluciones propuestas son las más pertinentes.

En ocasiones es más positivo derrumbar que construir. La última transformación radical ocurrida en el río Cheonggyecheon, una destrucción sistematizada, es ejemplo de ello. En 2001, Lee Myung-bak, alcalde recién electo de Seúl, decidió hacer un cambio contundente: recuperar el cauce del río y demoler las vialidades existentes. Decisión simple pero riesgosa, renovarse o morir, dicen los viejos. Las obras comenzaron en 2003. Una renovación de este tipo es muy compleja, en primer lugar estaba la cuestión económica, el proyecto de restauración costó 386 millones de dólares, en su momento la reparación más costosa que se había hecho de un río. ¿Por qué gastar dinero en derrumbar algo que ya fue construido y que, por costumbre, funciona? Luego estaba el tema del tiempo, la obra tardó 27 meses en los que se tuvo que reubicar a los comerciantes que trabajaban en la zona y asegurarles que continuarían trabajando. También resultaba fundamental no alterar demasiado el flujo de transporte, por las vías rápidas demolidas transitaban 169 000 vehículos diarios, que tenían que seguir en circulación. Y, por último, el río mismo constituía un problema puesto que su caudal era irregular si no es que prácticamente inexistente. Así que el proyecto no podía limitarse a una acción puntual, sino a un conjunto de propuestas simultáneas que formaran parte de un proyecto global a largo plazo que alterara lo menos posible la vida cotidiana, que transformara las cosas sin perder la costumbre.

La transformación se llevó a cabo. 907 000 toneladas de concreto, varilla y cascajo surgieron de las demoliciones, de las cuales se recicló 95%. Se construyeron 22 puentes y múltiples espacios de descanso a lo largo de la ribera. De algo sirvió el hecho de que la vialidad elevada se encontraba en pésimo estado y que para su restructuración y rehabilitación se necesitaran 90 millones de dólares y una obra de tres años. Sirvió también que se formara un comité ciudadano presidido por el urbanista a cargo del proyecto, Kee Yeon Hwang, que hizo un trabajo de consulta con la población local donde 79% de los habitantes estuvieron de acuerdo con la transformación. Sirvió también que para compensar el flujo vehicular se diseñó la primera línea de autobuses rápidos en Seúl a lo largo de 14.5 kilómetros por la misma ruta que la vialidad derruida. Quizá lo más complicado y polémico fue el hecho de tener que bombear agua del río Han para mantener un caudal constante y de tener mucho cuidado en separar las aguas pluviales del drenaje, pues durante las tormentas se corría el riesgo de contaminar el agua. El proyecto se terminó en 2005 y visto a la distancia, sólo se puede decir que fue exitoso. Lee Myung-bak, el alcalde, se convirtió en presidente de Corea en 2007. El comercio se incrementó, el precio de la tierra alrededor del río aumentó entre 30 y 50%, el transporte cambió radicalmente, el flujo vehicular se redujo 18%, mientras que los viajes en metro se incrementaron 14%, y más que nada, Seúl tuvo la capacidad de regenerarse y obtener un gran espacio público.

El río vuelve, a pesar de la costumbre. El río se convierte en metáfora de la vitalidad citadina, una vitalidad que había estado perdida entre las nubes de una abstracción, la fe en el progreso que postulaba el siglo XX. Ahora sabemos que demasiada fe también enceguece. Ahora pensamos que es necesario recuperar la relación intrínseca con la naturaleza. Es el espíritu de este tiempo. Es sencillo ver los errores del pasado, pero es difícil ver las carencias del presente. Cheonggyecheon, una arteria vial saturada, fue transformada en lo que era antes, un río donde además se creó un espacio público donde los ciudadanos se reúnen, donde se vuelven a entender las estaciones del año, donde la vegetación tiene sus ciclos. Ahí también se conservaron algunos pilares de la antigua vialidad elevada como testigos del pasado reciente, las nuevas ruinas. Vemos esto y sabemos que tenemos razón al creer sin reparos en la ecología, la sustentabilidad y las buenas maneras. Es el espíritu de la época. La fe es ciega, pero bueno, no es una mala costumbre. Ojalá lo entiendan en el futuro.

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