Edición 07
Martín Caparrós. Foto Alejandra López.
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Entrevista con Martín Caparrós

Por: Leonardo Tarifeño Foto: Alejandra López

Del hambre, la política y el ambientalismo “buenista”

En su más reciente libro, El hambre (Planeta), Martín Caparrós denuncia que mientras 842 millones de personas no tienen qué comer, nosotros estemos más preocupados por el cambio climático. ¿Tiene razón? ¿A dónde quiere llegar este periodista argentino?

“A su manera, El hambre es un panfleto”, dice Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), para explicar el tono acusatorio que recorre su último libro. La verdad de la frase es la de una provocación.

No cabe duda de que El hambre se construye a partir de la posición personal explícita y contundente del autor (como corresponde a los mejores panfletos), pero también es cierto que no tiene nada de difamatorio, sino todo lo contrario. Enciclopédica y rabiosa, esta investigación de 605 páginas representa una demoledora denuncia contra un orden político y económico que condena a 842 millones de personas a la peor de las tragedias humanas, justo cuando el desarrollo de la tecnología y la diversificación de la explotación agraria contemporánea permitirían cubrir las necesidades extremas de los 7 000 millones de habitantes de la Tierra.

“Ahora, dar de comer a los hambrientos sólo depende de la voluntad —recuerda Caparrós en su durísima obra—. Si hay gente que no come suficiente —si hay gente que se enferma de hambre, que se muere de hambre— es porque los que tienen comida no quieren dársela: los que tenemos comida no queremos dársela. El mundo produce más comida de la que necesitan sus habitantes; todos sabemos quiénes no tienen suficiente; mandarles lo que necesitan puede ser cuestión de horas. Esto es lo que hace que el hambre actual sea, de algún modo, más brutal, más horrible que el de hace 100 o 1000 años. O, por lo menos, mucho más elocuente sobre lo que somos”.

Para el periodista y escritor argentino, ganador del Premio Internacional de Periodismo Rey de España por Crónicas de fin de siglo, la cuestión del hambre en el siglo XXI representa un escándalo político, la prueba más reveladora de la injusticia social que atraviesa el mundo. En su opinión, hacer que todos tengan qué comer es una tarea que no se lleva a cabo sencillamente porque hay unos pocos —especuladores, gobernantes y grandes empresarios— a quienes les conviene que ese drama se mantenga. Y, también, porque aquellos que no tienen la solución a su alcance se limitan a indignarse y, en cuanto resulta posible, a mirar para otro lado.

Lo cierto es que mirar para otro lado ya no parece tan fácil tras la lectura de El hambre. Libro llamado a convertirse en una referencia sobre el tema, incómodo y deprimente, analiza los múltiples pasos que la historia dio hacia el actual statu quo, ataca los eufemismos con los que el poder político describe la cuestión (“inseguridad alimentaria”, “hambruna estructural”) y desmonta una a una las ideologías y discursos que fomentan la indignación social sin aportar soluciones de fondo. Uno de esos discursos, que Caparrós asume como uno de sus antagonistas, es el ambientalismo.

En El hambre, el autor debate en la India con la ecofeminista Vandana Shiva (Premio Nobel Alternativo 1993, pionera de la preservación de la biodiversidad en la India y una de las grandes difusoras de las ventajas de la agricultura ecológica), juzga la crítica más usual a Monsanto (“el problema no es el cambio de paradigma productivo, el problema es quién se beneficia de él”) y le reprocha al ambientalismo la ausencia de una dimensión política orientada a redistribuir la producción agropecuaria. “No sirve quejarse contra el progreso técnico sino contra las formas en que ese proceso es usado por los que lo controlan para aumentar su poder y su fortuna —escribe—. De lo que se trata, entonces, es de inventar el modo de apoderarse de esas formas nuevas; encontrar las formas políticas de poner a trabajar las nuevas técnicas en beneficio de muchos”.

Ya en Contra el cambio (2010), el autor había subrayado lo que en su opinión son contradicciones en el movimiento ambientalista (particularmente, la carestía de los productos “respetuosos con el planeta” que promueve en un mundo urgido de alimentos para todos), así que el ataque antiambientalista que ensaya en El hambre no es una novedad. Preocupado por la manera con la que el mundo supone que la falta de comida es algo de lo más normal, Caparrós redobla su apuesta contra la ideología verde y se pregunta: “Si uno deplora que Coca Cola Corp. embotelle el agua, ¿va a reaccionar contra el agua o contra Coca Cola? Ahí se mezclan dos cuestiones muy distintas: que los hombres intenten mejorar, con las herramientas disponibles, las plantas que siembran para conseguir mejores rendimientos —más comida— y que decidan que esas plantas mejoradas son propiedad del que las mejoró. Ahí es donde la solución deja de ser técnica y pasa a ser política”.

— En El hambre acusas de cierta hipocresía al ambientalismo. ¿Por qué?

Bueno, en Contra el cambio ya decía que este movimiento es la forma más fácil y difundida de una idea “buenista”, según la cual si uno se preocupa por los animales y los arroyos, hace algo por el bien de un conjunto. Sin embargo, ése es un punto de vista muy conservador, y digo “conservador” en sentido estricto: el núcleo ideológico del ambientalismo es la necesidad de conservar aquello que, si no lo conserva, se va a degradar. Es una ideología con un miedo terrible del futuro, cree que todo futuro es degradación y, por lo tanto, quiere conservar las cosas para que el futuro no las degrade. Por supuesto que hay que cuidar el ecosistema lo suficiente para poder vivir en él, pero no está de más ver qué significa cuidarlo y por qué resulta más importante cuidar al ecosistema que cuidar a las personas. Quiero decir: por qué los dirigentes más relevantes del mundo discuten y se pelean al hablar de la amenaza del cambio climático, y por qué parecería que la amenaza del hambre no le importa a nadie.

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— ¿Allí detectas el doble rostro del ambientalismo? ¿La hipocresía fue el principal enemigo que encontraste en tu investigación sobre el hambre?

No, no sé si el principal enemigo. El principal, si es que hay que poner un enemigo, es un orden político y económico que concentra las riquezas de tal forma que cientos de millones de personas pasan hambre. Lo que sucede es que la hipocresía es algo que uno ejerce con mucha más facilidad y ligereza, porque todos estamos embarcados en ciertos discursos confusos, como podría ser el conservacionismo. Y entonces nos toca más porque no lo vemos como algo distante y ajeno, sino como algo donde nos reconocemos. No me reconozco en el especulador de la Bolsa de Chicago que hace subir el precio de los alimentos para ganar dinero sin importarle lo que eso provoca entre los campesinos egipcios. Pero sí me reconozco, o me podría reconocer, en el intelectual que dice “qué tremendo” y, acto seguido, se olvida de lo que lo acaba de indignar.

— Atacas al ambientalismo por su estrechez de miras políticas, y le reclamas que se atrinchere en una ideología del conservacionismo. Sin embargo, ¿no sería representativo de un tiempo que ya no confía en la política?

Los políticos nos convencieron de que política es eso que hacen ellos. Y estoy convencido de que es otra cosa, no lo que hacen los políticos actuales, que sólo son negocios en el poder.

— ¿Qué sería esa “otra” cosa?

Cuando digo “política” me refiero a la única herramienta que los hombres han usado los últimos 2 000 años para cambiar sus condiciones de vida. Eso no quiere decir un partido, unas elecciones, un gobernador. En lo que pienso es en formas de encontrar objetivos comunes, reunirse alrededor de ellos y cumplirlos. La forma contemporánea que tomó la política está a todas luces agotada y por lo tanto se la debe reemplazar.

— En tu libro insistes en que, como el problema del hambre es político, su solución debe ser política. Sin embargo, vista la corrupción que permea los gobiernos de tantos países, ¿se puede confiar en la política para erradicar semejante drama global?

Creo que sí, pero lo primero que hay que solucionar políticamente es la política misma. Las formas de hacer política tienen que cambiar mucho, y en eso estamos. Pero son procesos muy largos, los tiempos de la historia no tienen los plazos de una vida. Nací en un tiempo en el que parecía que el cambio radical era cosa de unos pocos años, y analizar esta época en los términos de aquella otra es un error. Los cambios ocurren pero tardan muchísimo en precipitarse.

— ¿Ese proceso de cambios que mencionas incluye la crítica a la democracia?

Sin lugar a duda. Por lo menos, de la forma actual de la democracia.

Métodos poco ortodoxos

Reconocido como uno de los mejores cronistas de América Latina, Martín Caparrós estudió Historia en La Sorbona (Francia). En 2010 publicó Contra el cambio (Anagrama), una investigación en la que recorrió varios países amenazados por el cambio climático y en la que critica el mensaje de cierto ambientalismo, al que considera un lujo de sociedades satisfechas. En 2011 ganó el Premio Herralde con la novela Los Living (Anagrama).

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