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Edición 09
Río Amazonas. Foto Flickr/lcrf.
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Piratas en el Amazonas

Por: Felipe Milanez

Primero fue el caucho, después la madera y los metales. Estos días, se dice que los barcos extranjeros están llevándose también el recurso más valioso de Brasil: el agua del Amazonas. ¿Es necesario mandar al ejército a cuidarla? 

En 2050, una de cada cinco personas no tendrá acceso al agua. Los sedientos serán un continente de 2 000 millones. Olvídese del petróleo: el mercado será de los comerciantes de agua. Grandes compañías han vendido parte de sus negocios para dedicarse al agua potable, pues la mayor parte de la que hay en el mundo es salada y no apta para consumo humano. “Los precios del agua sólo pueden ir en una dirección: hacia arriba”, dice Hans Peter Portner, un administrador de Pictet, uno de los más grandes bancos privados suizos. Según el índice financiero Bloomberg, el negocio del agua potable tuvo en 2003 un rendimiento casi 10% superior al del gas y del petróleo. Sólo 3% del líquido en el planeta se puede beber, y se calcula que una cuarta parte de esa agua se encuentra en el Amazonas. Tal vez por eso, la portada de la National Geographic de abril de 2011 anunciaba que Brasil era la potencia hídrica del siglo XXI.

Desde el cielo, el Amazonas es una costura defectuosa que atraviesa la selva en su camino hacia el mar. Antes de llegar a su cita con el Atlántico, el río más caudaloso del mundo es una gran mancha azul. En ese lugar está Vila do Conde, un puerto del estado brasileño de Pará. Es una zona industrial donde confluyen otros cuatro ríos, que descienden desde los Andes, del altiplano central del Brasil y de las Guyanas. Cada segundo llegan millones de litros con tanta fuerza que sus sedimentos alcanzan hasta 300 kilómetros mar adentro. Cuando el océano se encuentra con el río, la mancha azul se torna agua salobre, oscura y marrón. No parece que pudiera beberse. Pero es agua dulce y siempre hay. En la amazonía atlántica, el volumen no depende de las temporadas anuales de lluvia, como en la selva, sino de los ciclos lunares que controlan la marea. Vila do Conde recibe barcos de todas las banderas que traen bienes industriales, petróleo y comida para las metrópolis del norte de Brasil. Pero desde que llegaron los portugueses, hace 500 años, los barcos extranjeros no sólo vienen a vender sus productos, sino que también se marchan cargados con la riqueza natural de la selva. Primero fue el caucho. Después la soya, el hierro, la madera y los minerales. Ahora se están llevando el agua.

Ilma de Camargos Pereira Barcellos estudiaba Derecho cuando descubrió un robo a la cuenca hidrográfica más grande del planeta. Según las averiguaciones de esta autodenominada abogada militante, las bodegas de los barcos extranjeros salen de Brasil rellenas de agua dulce para matar la sed de los países ricos que no tienen suficientes reservas. El robo sucedería a través de las maniobras de lastre: un barco sin carga debe llevar un peso adicional (un lastre) para navegar con estabilidad. Los navíos extranjeros que parten de Ponta Grossa —dice Barcellos— llenan sus depósitos con agua del Amazonas, en lugar de usar agua del mar, como es la norma. Así que la abogada denunció en 2009 en Consulex, un periódico jurídico, que estos navíos traen a Brasil petróleo y se marchan con el agua dulce del país, sin permiso y sin pagar. Según la denuncia, cada barco llevaría unos 250 millones de litros de agua (suficientes para saciar la sed de toda la población de Uruguay por un año entero) recogidos sobre todo en Vila do Conde. En la publicación también se acusa a la empresa noruega Nordic Water Supply de ofrecer agua dulce de Brasil a sus clientes en Grecia, Medio Oriente y el Caribe. La teoría es clara: los países ricos le ponen los ojos a Brasil, la Arabia Saudita del futuro. El futuro en que el agua será oro. Y otra vez las potencias extranjeras usurparían la riqueza del país, a menos que alguien como la abogada Barcellos se atreva a defenderla. Pero los legisladores hace tiempo se aburrieron del tema: en 2005 una diputada preocupada por el asunto presentó una iniciativa de ley para que la hidropiratería entrara en el Código Penal del país, pero fue archivada. Pereira Barcellos tiene un aire de seriedad, lleva una larga cabellera, y cuando habla, su voz adquiere un matiz de convicción que no deja lugar a dudas. Para ella el agua no es lo único que peligra. Dice que le preocupa también el robo de otras riquezas de la Amazonía que todavía no se han protegido, como fauna, flora, microorganismos, piedras preciosas y hasta la sangre de los pueblos indígenas. —¿Puede imaginar que ahora nos roben el agua?— cuestiona, indignada. Siente que los barcos que parten de Vila do Conde están robando a su patria.

Traficar con agua en países tan lejanos todavía es un mal negocio. Félix Domínguez, un funcionario de la Agencia Nacional de Agua (ANA), afirma que el viaje de 10 días de Brasil al Medio Oriente más el costo de potabilizarla valdría tres dólares con 40 centavos por metro cúbico. En Israel, por ejemplo, hay plantas desalinizadoras que pueden potabilizar el agua del mar por una cifra nueve veces menor. Poco después de que la abogada Barcellos hiciera su denuncia, hubo una gran campaña informativa sobre este saqueo de la riqueza de Brasil en sitios web y blogs dedicados al medio ambiente. Raúl Jungmann, un diputado de izquierda, hizo campaña en la red en contra de la hidropiratería. Pero la policía, el ministerio público y hasta los militares brasileños calificaron la amenaza como poco convincente. “Desde hace años, el fantasma de la hidropiratería ronda en Brasil”, dice Antonio Monteiro Dias, un contraalmirante a cargo del Comando de Operaciones Navales, quien explica que en ciertas maniobras de lastre, los barcos que descargan en la región necesitan recibir un poco de agua para garantizar la seguridad de la navegación. Y tomarla de la Amazonia atlántica, allí donde el río llega al mar, no es ninguna novedad. El agua del río tiene siglos que llega al mar, como es lo natural, sin que nadie se preocupe por detenerla.

Brasil no necesita que otros se la roben para quedarse sin agua. Durante los años 70, los gobiernos militares de Brasil alentaron a poblar la Amazonia argumentando que de otra forma los extranjeros iban a ocuparla. El resultado han sido décadas de depredación del pulmón del mundo, inspirados en un nacionalismo según el cual es mejor que al país lo agoten los brasileños y no los extranjeros. En un día soleado, un árbol en la Amazonia transpira 1000 litros de agua, dice el científico Antonio Nobre, del Instituto Nacional de Investigación Espacial, un organismo de investigación brasileño. Cada árbol que se elimina equivale a perder un géiser que daría de beber a 500 personas en un día. Adalberto Verisimo, fundador de Imazon, organización ambiental brasileña, afirma que se ha perdido 17% de la Amazonia. Al ritmo actual y sin ayuda del exterior, en 30 años se habrá perdido una quinta parte de la selva. Los científicos predicen que cuando se pierda una tercera parte, se llegará a un punto irreversible donde la selva colapsará y modificará para siempre el régimen de lluvias en la zona. Entonces el país se quedará a oscuras: la mayor parte de la energía de Brasil viene de plantas hidroeléctricas. Sin agua también se perdería una tercera parte de la economía nacional: la agricultura. No hacen falta barcos extranjeros para dejar al país con hambre y sed.

En 2011, más de 400 diputados brasileños, tanto de izquierda como de derecha, aprobaron el Código Forestal, una verdadera ley de la selva que autoriza la agricultura casi en la margen del Amazonas y da amnistía a los crímenes ambientales. La iniciativa fue de un diputado comunista, que piensa que Greenpeace quiere matar la agricultura de Brasil. Sólo 63 legisladores se opusieron a la medida.
Mientras tanto, medio millón de brasileños (uno de cada 1000) estuvo involucrado en alguno de los casi 90 conflictos de agua que se registraron. Una investigación de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) encontró que en 2010 hubo 14 amenazas de muerte, cuatro intentos de asesinato y dos homicidios a causa del agua. Sólo hubo dos detenciones. Tanta violencia se explica —dice el CPT— porque el valor del uso del agua está dominado por la economía. Las guerras del agua ya empezaron y no son contra los piratas. Hace poco, la abogada Barcellos se encontró con el funcionario Domínguez en una audiencia pública sobre hidropiratería en el Congreso brasileño. Él cree que el asunto de los piratas en el Amazonas es un “delirio” que distrae de los verdaderos problemas hídricos en Brasil, como la cobertura insuficiente de agua potable en la región. Para Barcellos, Domínguez no tiene respeto por su país.
Ella quisiera llamar a las Fuerzas Armadas brasileñas para que cuiden el agua. En su estado de Spiritu Santo, 3 500 kilómetros al sureste del Amazonas, la abogada Barcellos se preocupa por lo que llevan en su interior los barcos extranjeros cuando se marchan. Pero tendría que llegar una flota de 80 000 barcos piratas (200 veces mayor que la de Estados Unidos) cada día para llevarse toda el agua que la Amazonía pierde a diario al ritmo de depredación actual. Tal vez los brasileños deberían ocuparse de buscar a los ladrones de agua en casa.

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