Edición 39
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Roma y las suciedades

En 2016, el gobierno del Estado de México advirtió a las autoridades de la Ciudad de México que, de no mejorar su estrategia de recolección y tratamiento de residuos sólidos, tendría que pagar los daños ambientales provocados por las ocho mil toneladas diarias de basura que enviaba a su territorio, mismas que, de acuerdo con Raúl Vargas, secretario de medio ambiente, despedían a diario 9 758 toneladas de CO2. Un año más tarde, el titular de la Agencia de Gestión Urbana de la Ciudad de México, Jaime Slomianski, festejó que 40 375 toneladas de basura habían dejado de enviarse a los rellenos sanitarios como consecuencia de la entrada en vigor de la nueva Norma Ambiental de Separación de Residuos.

El manejo y separación de basura no es algo nuevo. Dentro de la Ley de Igualdad Romana, también conocida como Ley de las XIIITablas, escrita en el siglo V antes de nuestra era, había una norma que prohibía a los ciudadanos arrojar basura dentro del núcleo poblacional. Los desechos producidos por los romanos eran trasladados a vertederos situados a una distancia prudente de la ciudad mediante los llamados carrus estercolari. En esos depósitos se vertían, sobre todo, desechos orgánicos y, en menor medida, residuos inorgánicos, pues los antiguos romanos solían refundir los metales para reutilizarlos, pulverizar el mármol para convertirlo en cal y quemar la cerámica para usarla en la agricultura

A pesar de que los esfuerzos por mantener limpia a Roma han sido numerosos a lo largo de su historia, lo cierto es que la ciudad eterna nunca se ha distinguido por ser un ejemplo de pulcritud. Como consuelo, cabe decir que el encanto de su historia y su aportación fundacional al arte han sido siempre más impactantes que la suciedad de sus calles (tal como sucede con París, Nueva York o la Ciudad de México). Pero esta opinión es válida únicamente para quien no la habita. Hace por lo menos veinte años que los romanos se sienten a disgusto con el espectáculo de suciedad que degrada a su amada metrópoli: bolsas, bultos y muebles abandonados en la intemperie, y la fauna atraída por ellos. Se trata de un espectáculo que es sólo un reflejo de otro tipo de suciedad: la de la corrupción que ha infestado a las instituciones italianas.

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