La isla es un laboratorio natural de 1560 hectáreas, donde los científicos están desentrañando el complejísimo funcionamiento de la selva tropical, de una forma que no se puede hacer en ninguna otra parte del mundo.

Comenzamos nuestro viaje con niebla alrededor, antes de tomar el barco que nos conducirá a la isla Barro Dorado. Un carguero repleto de contenedores desfila ante nosotros, rumbo al Pacífico. Nos recuerda que esta joya biológica en medio del Canal de Panamá debe su nacimiento al trabajo de ingeniería más grande hecho por el hombre.

Entre 1910 y 1914, las obras drenaron las aguas del río, formando el lago Gatún y aislando una montaña de selva de 145 metros de altura. Ya ha transcurrido exactamente un siglo, y Beth King, la oficial científica de Barro Colorado, del Instituto Smithsonian que nos acompaña, asegura, poco antes de llegar, que vamos a sumergirnos en uno de los lugares más estudiados de la Tierra.

La isla es un laboratorio natural de 1 560 hectáreas, donde los científicos están desentrañando el complejísimo funcionamiento de la selva tropical, de una forma que no se puede hacer en ninguna otra parte del mundo. Pese a ello, durante las primeras horas, uno no tiene la sensación de andar en medio de un gran taller. La vida a nuestro alrededor bulle en una cacofonía de sonidos que cambia con la lluvia, y el agua parece animar los coros de los monos aulladores. Andamos por un suelo repleto de materia orgánica, hojas podridas en descomposición, a lo largo de rutas establecidas. Cuando afinamos la vista, descubrimos a una lagartija mimetizada en un tronco y el minúsculo cuerpo negro con motas amarillas de una rana venenosa que parece de porcelana y que destaca entre la hojarasca.

Entonces Beth se detiene frente a un tronco por el que asoma un tubo de aluminio; explica que los científicos montan un analizador de gas infrarrojo encima de este anillo “para medir la tasa de respiración del tronco. Ahora que están intentando cuantificar todos los factores en el ciclo de carbono, quieren saber si solamente las hojas respiran o el tronco también”.

En este recorrido de horas veo las señales que dejan los científicos; hay canastas que recogen las hojas de los árboles y trampas contra insectos, que están ahí durante décadas para almacenar y medir todo lo que cae de las alturas (semillas incluidas). Nos detenemos en una pequeña estación provista de aparatos para medir las precipitaciones y las temperaturas, de las que hay registros desde hace un siglo.

El tamaño de un árbol como el Dypteryx oleífera, que se alza hasta 50 metros y que ancla sus raíces gigantes, le deja a uno atónito. En otro lugar, las lianas forman círculos enrevesados que parecen obra de un escultor. Los científicos están muy interesados ahora en medir la producción de enredaderas en la isla, creen que podrían estar favorecidas por el calentamiento global y el cambio climático (a más lluvia y calor, más producción vegetal). Aquí tienen la oportunidad perfecta para medirlo todo, en especial cuando llegamos al corazón de la isla, que bien podría describirse como las 50 hectáreas de selva más estudiadas del mundo. “Todo lo que crece y tiene el grosor de mi dedo, lleva una etiqueta”, dice Beth. Efectivamente, contemplo un lugar donde no podemos pisar sin salirnos del sendero, una selva que crece con etiquetas rojas y naranjas.

Sobre esta isla se realizan centenares de análisis —la visión nocturna y diurna de las abejas, las increíbles relaciones de las avispas y hormigas con sus parásitos, el monitoreo de osos perezosos o el uso de un láser para detectar los despojos de madera en el canal—. Pero, hay una pregunta que sobrevuela a todos estos fascinantes micromundos con sus micromisterios. ¿Barro Colorado puede arrojarnos pistas sobre la manera en la que reaccionará la selva tropical frente al calentamiento global? ¿Se esperan menos precipitaciones y lluvias en el futuro, y una reducción de la selva? O, por el contrario, ¿este ecosistema aumentará si las lluvias crecen y se combinan con más calor?

Para ello, tenemos que buscar respuestas afuera de la isla, en unas instalaciones que el Smithsonian tiene no muy lejos del embarcadero del que partimos. Aquí se estudian la respiración de las plantas y sus raíces en unas tinajas cubiertas de aluminio aisladas del exterior. El científico Martijn Slot explica que las predicciones en cuanto al aumento de temperatura —y por añadidura un crecimiento mayor de los árboles— parecen más claras. Pero si esto no se acompaña de más lluvia (aquí las predicciones no son tan buenas), las plantas podrían sufrir estrés y morir. Cita estudios en los que se sugiere que los meses de lluvia podrían disminuir en el futuro en la Amazonia, con un alargamiento de las estaciones secas, lo que supondría un duro golpe para la selva tropical.

No parecen buenas noticias. Slot añade que no desea ser catastrofista. No hay certeza, sólo sospechas. Hay aún demasiadas interrogantes.

Como bola de cristal

Camillo Zalamea es un joven colombiano que realiza estudios de posdoctorado sobre el crecimiento de semillas en unas cúpulas muy llamativas. Asegura que uno de los elementos clave que determina a la selva es el fósforo. En las zonas de la Amazonia ricas en fósforo, la biomasa es mayor. Por ello, su labor científica consiste en simular los mundos del futuro dentro de esas cúpulas de invernadero, en las que el aire está cargado de dióxido de carbono (CO2). Cuando nos invita a entrar en cada una de éstas, es como si respirásemos el aire que las predicciones climáticas dibujan en los próximos siglos. Su investigación está en los comienzos.

En la primera de las cápsulas, la concentración de este gas está a unas 400 partes por millón (ppm) —la concentración actual es de 380 ppm—. Los recipientes ricos en fósforo muestran brotes más vigorosos. En la segunda, el gas está a 960 ppm (casi el doble de concentración de la actual) que obedece a las predicciones de un mundo que crece rápidamente, pero todavía observamos crecimiento vegetal.

En la tercera de las cúpulas, el escenario es el más catastrófico: 1 630 partes por millón, las más pesimistas del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) dibujan concentraciones de 1000 ppm. Aquí no crece nada. El CO2 es tan abundante que “cerraría los estomas de las hojas”, sostiene este joven colombiano. De hecho, si permaneciéramos allí durante 10 minutos, empezaríamos a marearnos y a tener jaquecas.

Barro Colorado guarda aún muchas respuestas que tendrán un valor extraordinario para entender mejor nuestro futuro. En los estudios del Instituto Smithsonian de Enfermedades Tropicales se hace referencia al hecho de que los pioneros que hicieron posible el Canal de Panamá tuvieron que encontrar una manera de controlar la malaria y la fiebre amarilla para que dejase de diezmar a los trabajadores. Y que eso sólo se podría lograr mediante la investigación y comprensión profunda de la ecología tropical, en especial de la biología de los mosquitos que transmitían el mal. En el momento en que esa investigación se convirtió en tradición, el matrimonio perfecto entre la ingeniería y la ciencia se hizo posible.

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