El editor me invita a rememorar algún desastre ecológico hasta llenar esta columna con 4 000 caracteres.

El editor me invita a rememorar algún desastre ecológico hasta llenar esta columna con 4 000 caracteres. Es Navidad, me dice, y propone que me enfoque en el consumo responsable. Así que despacho de modo sumario su amable sugerencia, para darle rápido carpetazo y pasar al tema que en realidad me preocupa: el crimen de Estado.

El primer desastre ecológico que recuerdo, sin que estuviera ahí para atestiguarlo, se remonta al nacimiento de Cristo, aunque la calamidad venía arrastrando la cola desde medio milenio antes, cuando los patriarcas judíos decidieron incluir en su épica fantástica el mito ancestral de la expulsión del paraíso, con un giro perverso: la naturaleza perdió su carácter sagrado. El planeta Tierra fue nuestro castigo. Fuimos desterrados a este mundo y las escrituras incluían derechos celestiales de explotación, exterminio y catástrofe. No recuerdo en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento un sólo pasaje que inspire amor por los animales. Y “en cuanto a vosotros, sed fecundos y multiplicaos; poblad en abundancia la tierra y multiplicaos en ella” (Génesis 9: 7).

Como cualquiera que haya sobrevivido a un abordaje en la estación del metro La Raza en hora pico, puedo atestiguar sin temor a equivocarme que nuestro feliz empeño en obedecer el mandato divino ha rebasado todas las expectativas.

Dios en las alturas, permíteme informarte a nombre de tus 7 310 116 795 hijos, y contando: misión cumplida. Poblamos la Tierra hasta la asfixia y la convertimos en un hediondo basurero. ¿Ya podemos pararle? Un dato para tu consideración, Padre mío: sólo en Estados Unidos, donde les sobra tiempo y ánimo para contabilizarlos, se tiran al año más de 27 000 millones de pañales desechables.

¿Y cómo celebramos el nacimiento de Jesucristo, el redentor que corrió a los mercaderes del templo? Con una apocalíptica orgía consumista que dejaría a Imelda Marcos verde de envidia. Algunos llamarían a esto una incongruencia. Yo iría más lejos: es una reverenda pendejada.

Y ahora, el crimen de Estado.

Como todo mundo sabe, México cuenta con una robusta y pujante industria criminal que, como todas las industrias, genera desechos tóxicos. Por desgracia, en la lista de prioridades de los dueños y administradores de esta empresa —crimen organizado y gobierno— el medio ambiente está en último lugar. Así lo demuestran los recientes sucesos trágicos de Iguala, donde la paraestatal se deshizo de una cantidad considerable de materia orgánica, en bolsas de plástico no biodegradable tamaño jumbo.

Y no sólo en Iguala. Todo el territorio nacional está sembrado de desechos. Podemos asumir razonablemente que muchos de ellos fueron tirados o enterrados, con total impunidad, en bolsas de polietileno. ¿Cuántas exactamente? No lo sabemos. Como señaló Ariel Dilitzky, experto de la ONU en estos menesteres, México sabe cuántos barriles de petróleo exporta al día, pero desconoce el número total de desaparecidos. Si tomamos la cifra oficial de 22 322, la multiplicamos por 10 como sugieren diversas ONG, le sumamos los 130 000 desechos de la administración de Felipe Calderón (la media entre la cifra oficial y no oficial), más los 55 899 que llevamos durante la gestión empresarial de Peña Nieto, la suma total nos da una idea de la indignante cantidad de bolsas de plástico.

Lamentablemente, el desastre ambiental no para ahí. Nuestra industria criminal reporta que quema sus desechos con diesel o gasolina, en hogueras a la intemperie que alimenta por horas con leña, plásticos, llantas y basuras de todo tipo, liberando a la atmósfera una nube de vapores tóxicos altamente perjudiciales. Tampoco podemos ignorar otro método con el que la maquinaria delictiva disuelve el material orgánico. Sin una regulación adecuada, los ácidos que emplean los pozoleros seguirán contaminando nuestros mantos freáticos. Y mejor ni hablemos del plomo de las balas.

Mientras el Estado mexicano, por complicidad o ineptitud, no sea capaz de regular y sancionar éstas y otras prácticas contaminantes, mi modesta proposición consiste en que retomemos el sentido cristiano de la Navidad elevando esta humilde plegaria al cielo: Niñito Jesús, haz que regrese la normalidad y nos desaparezcan de uno en uno. Y si ha de ser en bolsa negra de plástico, que por lo menos sea biodegradable.

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