Para la selección mexicana hoy terminó el Mundial Rusia 2018, aunque faltan 15 días para el pitazo final. Y cada día, también crece la ansiedad de miles de aficionados por otra espera de cuatro años. El verano futbolero, para quienes vivimos en el hemisferio norte, se acabarán en el próximo destino mundialista. Qatar, el primer país árabe y de mayoría musulmana, sede del siguiente campeonato ocasionó el cambio de algunas reglas, la más evidente es que se celebrará en noviembre, ahora gritaremos gol en invierno.

Qatar es un país ubicado en la península árabe, sus veranos son tan calientes que pueden alcanzar los 50 grados centígrados, condiciones muy complicadas tanto para los jugadores, como para los fanáticos, por eso oficialmente el mundial se llevará a cabo del 21 de noviembre al 18 de diciembre del 2022 (algo que además hará que todas la ligas del mundo ajusten sus calendarios).

La elección de la FIFA por Qatar, sobre países como Australia, Corea del Sur, Estados Unidos y Japón, fue muy criticada. Dejó de lado muchas variables no tan convenientes para la realización de un evento de tal magnitud e importancia mediática, como las prohibiciones existentes en un estado musulmán respecto al alcohol —si se puede beber en hoteles, pero hay límites de consumo estrictos—, su posición frente a las mujeres —a diferencia de sus vecinos se consideran “menos radicales”, pero, como un ejemplo, a una mujer se les condena por adulterio si es abusada sexualmente– o el trato dado a los trabajadores inmigrantes, considerado por algunos organismos internacionales de DDHH como “esclavitud”. Y por supuesto, está el gran problema ambiental: hacer un megaevento en medio del desierto.

En 2012, el informe de Planeta Vivo, posicionaba a Qatar como el país más contaminante del planeta, por su consumo de recursos naturales y su gran huella ecológica. Más tarde, en 2014, la tendencia se repitió cuando la Organización Mundial de la Salud lo ubicó en el segundo puesto —después de Pakistán— entre las naciones más contaminantes. Un problema ocasionado por su gran tráfico aéreo, por el crecimiento de su industria manufacturera y la congestión de sus carreteras.

Qatar mide un poco más de 11,000 kilómetros cuadrados —similar a Jamaica— y logísticamente tendrá que alojar a más 1.2 millones de aficionados, además de su población de 2 millones 700 mil habitantes. El desarrollo inmobiliario será enorme: estadios, hoteles, centros de esparcimiento, carreteras. Se comprometieron a construir 8 estadios nuevos y mejorar 3 ya existentes, para ofrecer 13 recintos deportivos en 7 distintas ciudades, y en 2016 firmó un acuerdo para hacerlo de acuerdo a las normas implementadas por el Sistema Mundial de Evaluación de la Sostenibilidad (GSAS, por sus siglas en inglés).

Así mismo, es  increíble que edificarán desde cero una nueva ciudad-isla llamada Lusail, que tendrá capacidad para 200,000 habitantes y será la sede de la inauguración y clausura del torneo.

La nota más surreal la dieron en 2011, cuando un grupo de científicos del Departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad de Qatar, anunció el plan de hacer una nube artificial manejada a control remoto, con motores que funcionan a partir de energía solar. Sería como un enorme globo para tapar los rayos del sol: una fibra de carbón ligera rellena de helio. Esta idea es, según sus creadores, una medida que podría evitar el uso de aire acondicionado en los estadios. Y aún está en etapa de prototipo.

Otro reto de Qatar es generar áreas verdes en tierras áridas. En febrero de 2018, inauguró un vivero en su capital Doha, donde crecerán 60 especies de árboles —importados de España y Tailandia— en un perímetro de 880,000 metros cuadrados. El sitio se utilizará para sembrar el césped de los estadios. Según un comunicado del gobierno, este proyecto incrementará su biodiversidad y será un legado de la copa para sus habitantes, pues se convertirá en un gran parque público concluida la contienda futbolística. El agua para mantenerlo proviene de un sistema de saneamiento de aguas residuales, de Doha, lo que “asegura un proyecto sostenible”.

Quien fuera el presidente de la FIFA durante la elección de Qatar, Joseph Blatter, dijo en 2015, que había sido un error elegirlos por sus intensos calores y por eso modificó la fecha del evento. Pero la polémica continúa, y Blatter ya no dirige la FIFA. ¿Podría cambiar la sede? Ya ha sucedido, en 1986 México —y la “mano de Dios”— fue memorable gracias a que Colombia declinó por razones económicas.

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