Reconstruir se parece más a una condena que a una tarea.

¿No es triste considerar que sólo la desgracia hace a los hombres hermanos?
Benito Pérez Galdós

Reconstruir se parece más a una condena que a una tarea. Es nuestra la condena de reconstruir desde lo profundo de la memoria de la civilización humana: puede ser a causa del prójimo, de bombardeos y máquinas aplastantes que desmoronan nuestras casas, pueblos y ciudades; la vieja actividad humana contra sus semejantes, hasta la incesante actividad de la naturaleza expresada en huracanes, derrumbes, temblores, sequías.

Venimos al mundo a reconstruir y a reconstruirnos. El pasado sismo que sacudió varios estados del país nos recordó que la Ciudad de México no sólo es la cuna de los azotes más desmedidos de la actividad telúrica del planeta, sino que no estamos preparados —a pesar de que por generaciones hemos conocido sus alcances—, para un evento de enorme magnitud como el ocurrido recientemente.

Se ha dicho que no existen los desastres naturales, sino que son desastres humanos derivados de una mala capacitación para recibir los embates de la naturaleza y que la catástrofe es más bien resultado de la mala planeación, planificación y conocimiento para enfrentar ciertos fenómenos.

Esto es cierto y es falso; por un lado, la ciencia, cuya principal condición es la predicción de ciertos fenómenos, está aún alejada de pronosticar eventos telúricos.

Que las catástrofes puedan evitarse por completo supone que debemos tener un conocimiento total al punto de prevenir todo evento, lo cual presume de un antropocentrismo que busca idílica y arrogantemente dominar la naturaleza para no sufrir sus embates. Pero también es cierto que se puede evitar y reducir el número de víctimas en los eventos naturales.

En el caso de la Ciudad de México, nos arreglamos para instalar la urbe más grande y poblada del mundo en una cuenca, aquel accidente geográfico donde convergieron varios ríos, y aunque muchos están ahora secos, quedan sus acuosos e inestables espectros en el subsuelo; lo mismo del fantasma del lago donde nos establecimos, no suficientemente extinto y cuyos suelos arcillosos son caldo de cultivo de una metrópoli que se hunde y oscila.

Desde hace muchos años se prepara esta fórmula de la calamidad; sin embargo, esto no quiere decir que tengamos que sucumbir cada cierto tiempo ante eventos como el temblor pasado. El saber salva, como solía decir Cinna Lomnitz, el emblemático geofísico, la investigación es parte de la solución para enfrentar un terremoto futuro, porque los habrá. Ésa es la única certeza que tenemos.

Si no vamos a movernos de nuestra ciudad lacustre, debemos desarrollar las condiciones para poder sobrevivir a ella mediante la investigación, el desarrollo sustentable que con rigor debe plantear nuestra situación actual y las soluciones en cuestiones de ordenamiento territorial, asentamientos irregulares y planificación urbana. La tragedia trajo también la oportunidad. No sé si la aprovecharemos.

Que de este evento nazca y se renueve una sociedad que sepa prevenir mediante el conocimiento.

No basta que la espontaneidad de la voluntad cívica resuelva los problemas que las autoridades no pudieron manejar en el sismo; debemos tener una cultura de protección civil: saber qué hacer. Muchos murieron porque no supieron qué hacer, la ignorancia mata. En este temblor, hay que decirlo, actuamos como si nunca hubieran ocurrido otros, a pesar de los simulacros, que muchas veces se ignoran.

Somos una de las ciudades más susceptibles del mundo y no somos conscientes de eso. Carlos Monsiváis escribió hace años a propósito del sismo del 1985 un texto que ahora puede leerse desde el presente:

“A estos voluntarios los anima su pertenencia a la sociedad civil, la abstracción que al concretarse desemboca en el rechazo del régimen, sus corrupciones, su falta de voluntad y de competencia al hacerse cargo de las víctimas, los damnificados y deudos que los acompañan.”

Es bueno enorgullecernos de nosotros mismos, de nuestra ayuda y reacción, pero no debemos olvidar que la historia se repitió, y si bien tampoco podemos negar que la Ciudad de México ahora estaba más preparada que hace 32 años, también es cierto que sufrimos la ineptitud de las autoridades como en 1985, como si nada hubiera avanzado.

Los fenómenos naturales se han intensificado y se acentuarán a lo largo del siglo por el cambio climático, y también es sabido que el territorio mexicano está en la lista de los países más afectados. Un sismo exige que reconstruyamos (como después de 1985) estructuras, calles, parques, casas, además de superar los miedos y la tristeza de los ciudadanos que aún tenemos temor y disimulo.

Como todo hecho traumático, salir adelante sólo es posible si se enfrenta lo sucedido de un modo personal, pero también y sobre todo, debemos ser ciudadanos, que de este evento nazca y se renueve una sociedad que sepa prevenir mediante el conocimiento, que sepa actuar, ejercer la crítica más mordaz y sepa fraguar soluciones que fortalezcan el bien común.

Habrá muchos textos que pedirán cuentas a las autoridades, y es bueno que así sea; que éste sirva para llamar la atención de los ciudadanos para hacer su parte, la oportunidad está dada.

 

* Daniel Sánchez Poitevin estudió Filosofía. Es cofundador y editor de la revista de literatura e ilustración La Peste

Sigue a Daniel en Twitter: @Dapoitevin

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