Consumir una pizza comprada requiere el doble de consumo de energía que comer una hecha en casa.

Hoy, más que nunca, existen productos comestibles precocinados y precondimentados listos para comer. La industria alimentaria ofrece constantemente nuevas soluciones prácticas para las personas y familias modernas: platos congelados, pastas y arroces de sólo-agregue-agua, etcétera. Como caso extremo, pocos días atrás un joven emprendedor norteamericano presentó Soylent, un polvo que según él contiene todos los macro y micronutrientes necesarios para la supervivencia humana, y les ahorraría a sus consumidores el tiempo que gastan en preparar sus comidas diarias (ésa es su principal proclama).

¿Por qué deberíamos cocinar en la actualidad  con todos los adelantos tecnológicos a nuestro alcance? ¿Por qué no hacer lo que sabemos hacer mejor, nuestro oficio particular, y dejamos la comida —o los suplementos sintéticos que la reemplacen— a los profesionales? Estas preguntas, entre otras, intenta responder Michael Pollan, uno de los más influyentes investigadores en nutrición, profesor en Berkeley y autor best seller, en su libro Cocinar, una historia natural de la transformación (Debate). Pollan, que es uno de los referentes más notables del Food Movement, la tendencia que llama a la población a recuperar, consumir y concientizar sobre la comida real (los alimentos naturales, orgánicos y no procesados) escribe que el acto de cocinar tiene consecuencias positivas que deberían considerarse en pro de una vida más sostenible. “Cocinar nos introduce en una red de relaciones sociales y ecológicas con las plantas, con los animales, la tierra, los horticultores, los microbios que hay dentro y fuera de nuestro organismo, y por supuesto, con las personas a las que nutren y deleitan nuestros platos.”

Pollan, por supuesto, no es el único que ha puesto la atención en este tema. Ya el célebre antropólogo de origen belga Claude Levy Strauss en Lo crudo y lo cocido había dicho que cocinar era “una metáfora de la transformación humana de naturaleza cruda a la cultura cocida”.

Más recientemente, el primatólogo y antropólogo de Harvard Richard Wrangham en Catching Fire: How Cooking Made Us Human, asegura que fue el hallazgo de la cocina, más que la fabricación de herramientas o el lenguaje, lo que influyó en que la especie se diferenciara de los primates. Su “hipótesis de la cocina” señala que fue el acto de consumir alimentos cocidos lo que cambió el curso de la evolución (una mayor cantidad de energía y una dieta más fácil de digerir aumentó el tamaño  nuestro cerebro). Según estas teorías, el acto de cocinar reunió a los humanos para comer a una hora y en un lugar determinados (antes se comía lo que se recolectaba o cazaba sobre la marcha) y esto, también, facilitó la socialización.

¿Cambiará la cultura tal como la conocemos ahora que cada vez más personas eligen engullir en soledad alimentos chatarra frente al televisor? Tal vez ciertas consecuencias se agudicen en Estados Unidos donde esas conductas son más frecuentes, pero es poco probable que se extiendan por completo en México donde las comidas complejas compartidas en familia son tan esenciales en la idiosincrasia nacional. Sin embargo, en tiempos en los que puede predominar la elección por lo práctico y ya preparado a pesar de que sea más caro o insalubre (según la encuestadora GFK cuatro de cada 10 mexicanos comen fuera de su casa al menos una vez por semana, en puestos ambulantes y de comida rápida, por ejemplo), la propuesta de Pollan de asumir y celebrar la preparación  de alimentos con las propias manos no debería descartarse.

La comida hecha en casa es más saludable (máxime en un país con altos índices de obesidad, como el nuestro). Y el gasto de energía, menor. Además, cocinar en casa tiene un efecto “concientizador” en el cocinero. Aunque éste sea amateur, dice el autor del libro.

Contrario a cuando delegamos el trabajo en la industria u otras personas (lo que, según Pollan, socava el sentido de responsabilidad, fomenta la dependencia y la ignorancia), el acto de cocinar trae consigo una experiencia sensorial más cercana con los ingredientes (la carne de los animales, los vegetales, por ejemplo). “Conectamos” con éstos, con su origen y con su ruta a nuestra mesa. En esta interacción, los alimentos dejan de ser meros productos y se vuelven naturaleza; el entorno deja de ser algo lejano. Es más factible entonces percatarse de que la crisis del medio ambiente es una crisis de estilo de vida, por lo que es la suma de decisiones cotidianas lo que puede, finalmente, sanarlo.

Compartir: