En la tercera entrega sobre el Golfo de California, Alberto Tinoco entrevista a las personas que han impulsado los modelos de conservación en el llamado "acuario del mundo".

Por Alberto Tinoco Guadarrama

“Quien lleva el mar por dentro, nunca lo abandonará”.

Refrán anónimo de los pescadores. 

Esta es la tercera entrega de nuestra serie sobre el Golfo de California. Aquí puedes leer la primera y segunda parte.

No hay señalamientos en los 17 kilómetros de terracería, que te conducen a un lugar donde aparentemente no hay nada, sólo desierto. Quienes vienen hasta aquí, buscan justo eso, que no haya nada, sólo el mar y sus inmensas posibilidades. Es Cabo Pulmo, uno de los mejores ejemplos de conservación marina a nivel internacional.

Este rincón del Golfo de California forma parte del proyecto Hope Spots (Lugares de Esperanza), de Mission Blue, una coalición mundial en apoyo a las áreas marinas protegidas, liderada por la reconocida oceanógrafa y exploradora Sylvia Earle, conocida como “her deepness” o la señora de las profundidades. Sylvia frecuentemente es cuestionada sobre otros lugares en México que pudieran ser considerados Hope Spots, pero sonríe, sin evadir la respuesta y siempre contesta: “Cabo Pulmo es un tesoro de los mexicanos y del mundo, por eso debemos protegerlo”.

Recoger las redes

Hace más de 20 años la pequeña comunidad pesquera de Cabo Pulmo decidió recoger sus redes. Generación tras generación la familia Castro aprovechó la abundancia pesquera. Los abuelos del pueblo fueron buzos “perleros”, las siguientes generaciones aprendieron de ellos el arte de la pesca. Un día los peces se acabaron, y había que recorrer más millas en las lanchas para traer, siquiera, algo para comer en casa.

Asesorados por científicos y conservacionistas, se embarcaron en un proyecto, que en aquel entonces representaba un verdadero reto: dejar de pescar para permitir que las poblaciones de peces se recuperaran. Enrique Castro, miembro de esta comunidad, recuerda cómo se creó la reserva marina: “Fue realmente difícil, porque si bien lo propuso la comunidad, en este caso mis familiares, nos asesoraron investigadores de la Universidad Autónoma de Baja California Sur, que aportaron muchas pruebas para convencer al gobierno de que realmente se tenía que proteger este lugar”.

En 1995 Cabo Pulmo fue decretado Área Natural Protegida, bajo la categoría de Parque Nacional. Diez años después, en 2005 la UNESCO lo reconoció como Patrimonio Natural de la Humanidad, y en 2008 fue denominado sitio RAMSAR, por ser un humedal de importancia internacional.

Regresaron los grandes bancos de jureles, cabrillas y pargos. Luego llegaron los grandes predadores. El arrecife se había regenerado. Cabo Pulmo posee la única gran formación coralina en el Golfo de California, el arrecife más antiguo y más septentrional del Pacífico Oriental Tropical. Este “bosque” submarino está compuesto por 78% de las especies de corales hermatípicos (corales que construyen los arrecifes) documentados.

Foto de Alberto Tinoco.

De pescadores a conservacionistas

Hoy los pescadores de Cabo Pulmo son prestadores de servicios ecoturísticos y reciben más de 29,000 turistas al año, de los cuales 15,000 son buzos, que generan ganancias directas a la comunidad por más de tres millones de dólares anuales (alrededor de 59 millones de pesos).

Mario Castro, fundador de la Asociación Civil Amigos de Cabo Pulmo, no se arrepiente de haber cambiado de oficio. Gana más ofreciendo servicios de esnórquel y buceo, que cuando salía a pescar. “Con mucho orgullo podemos decir que ha valido la pena. Es un esfuerzo de mucha gente para todo México; este lugarcito es de todo el país, de los mexicanos y del mundo. A nosotros nos tocó cuidarlo nada más, pero es para todos, por eso somos tan celosos y decimos: ¡Hay que cuidarlo!”.

Carlos Godínez, Director del Parque Nacional Cabo Pulmo, asegura que el desarrollo económico en esta pequeña comunidad, comparado con otras regiones del país, es más de dos veces del promedio nacional. “Después de prohibir la pesca en la reserva marina, se calcula que Cabo Pulmo ha generado una biomasa de peces que podría alcanzar un valor superior a los 60 millones de dólares, alrededor de mil 200 millones de pesos”.

La comunidad recibe los beneficios ambientales de la conservación, y además participa activamente en el control científico del arrecife. David Castro es dive master y coordina el monitoreo de peces. Es reconocido internacionalmente porque aparece en la fotografía más emblemática de esta reserva marina, posado sobre el fondo arenoso mientras un cardumen de jureles lo envuelve. David dice que, “ha sido un cambio dramático para nosotros que lo vivimos y lo vemos diario. Igual para quienes vienen y salen asombrados por lo que tenemos. Y sí, ha sido inesperado, también los investigadores creen que Cabo Pulmo ha tenido una recuperación que ni ellos esperaban”.

Le pregunto a Enrique Castro: “¿Valen más los jureles allí abajo o en las redes?”. De inmediato responde: “El cardumen de jureles es por lo que más preguntan los turistas y lo que más genera ingresos. Debe pesar unas 10 toneladas, si lo sacáramos pagarían unos 100 mil pesos por él. Preferimos conservarlo, 100 mil pesos es lo que todas las empresas de Cabo Pulmo podemos ganar en tres días y los jureles siguen ahí, no se van a ir”.

Octavio Aburto, investigador del Instituto Oceanografía Scripps de la Universidad de California, en San Diego, sostiene que “la biomasa en Cabo Pulmo se incrementó 460%; es el área marina con la mayor concentración de peces en todo el Golfo de California”.

Un ecosistema conformado por 226 especies aproximadamente, lo que representa el 26% del total de las registradas en el Golfo. Además, hay siete especies de tiburones, siendo el tiburón toro el más observado en el arrecife. La población es de alrededor de 50 individuos, de los cuales 18 están marcados con instrumentos de telemetría acústica para su estudio.

Para Carlos Godínez, no solo se ha regenerado de manera exitosa este ecosistema, sino que se ha convertido en una fábrica de peces. “Resulta, que más o menos, la biomasa que exportamos, de especies con un interés comercial, que se pescan fuera del parque, es de alrededor de 900 toneladas al año”.

Cabo Pulmo, probablemente es el mejor ejemplo de conservación marina en México, pero no es el único. Existen otros esfuerzos para proteger estos recursos, aunque desde otro punto de vista.

Foto de Jeff Gun en Flickr.

La pesca sustentable

Al norte de la Bahía de la Paz, se encuentra San Evaristo. Un pueblo pesquero rodeado por un paisaje espectacular, donde alguna vez floreció una mina, y que no aparece en los mapas de turistas. Aquí viven unas 30 familias, con alrededor de 20 embarcaciones. A las cuatro de la tarde los hombres se resguardan del abrasador sol y del sofocante calor. Los pescadores llevan su oficio en la sangre, se les nota en las manos curtidas por las redes y los anzuelos. Algunos duermen bajo una palapa porque por la noche entrarán al mar, otros simplemente descansan de la faena. Ser pescador es una forma de vida, pero ya no es la mejor vida.

Don Cándido García (60) hace “fideos” sobre la playa, así le llaman los pescadores a la acción de arreglar las redes. Nació en Sinaloa, echó raíces aquí y desde hace 44 años es pescador, no está asociado a ninguna cooperativa, es de los apodados “libres”. Durante años capturó tiburón, hasta tres toneladas en un buen día. Eran otros tiempos, ahora pesca huachinango, cardenal y cochito, pero solo usa piola, que es línea a mano (sin caña, sin redes).

“Pesco para comer, batallando, está canijo. Antes aquí nada más en la orilla pescábamos, ahorita tienes que ir un poco más arriba, por allá por Santa Rosalía a perseguir las corridas”, dice Don Cándido.

Ha vivido épocas de bonanza, ahora le queda la resignación. “Solo se pescar, qué le vamos a hacer. Antes en un día agarrábamos 300 kilos, ahorita en tres días, cuando nos va muy bien, apenas le pegamos a los 180 kilos”.

Asegura que los pescadores ribereños nunca van a poder competir contra los grandes barcos. “He visto cuando los sardineros, dizque andan en ese ‘jale’, pero levantan un cardumen de huachinango y se llevan todo, no nos dejan nada. Trabajan en la bahía, cosa que no debe ser, pero la autoridad ya sabe cómo se maneja”.

Don Cándido está convencido de la necesidad de dar a las especies un tiempo de recuperación. “No debemos pescar lo que nos de la gana, debemos respetar los permisos. La solución es un mejor manejo de parte de la autoridad, no dejar entrar aquí a los sardineros, pescan a los peces en la corrida, ni han desovado y se los llevan”.

Este “viejo lobo de mar” conoce las técnicas pesqueras y arremete contra la industria que utiliza redes de cerco: “Antes venía gente de otro lado a pescar y no decíamos nada, todos tenemos derecho, pero nosotros batallamos para agarrar una tonelada en dos semanas, por decir, y ellos se llevan 50 o 100 toneladas en un lance. Con anzuelo no afectamos tanto, pero con cerco es diferente”.

Foto de Pascal van de Vendel en Unsplash.

Una nueva generación de pescadores

Felipe Amador tiene 21 años y participa activamente en las llamadas Zonas de Refugio Pesquero. Viste bermudas, lentes de sol modernos y una gorra de los “Yankees” de Nueva York. Es pescador y buzo, hace monitoreo marino gracias a la capacitación de la organización Niparajá y de los investigadores de la Universidad Autónoma de Baja California Sur.

Felipe entiende a detalle los transectos, una técnica de observación y registro de datos de especies; y sabe diferenciar entre las buenas y malas prácticas pesqueras. “Si es con línea no hay problema, pero aquí entra mucho ‘pistolero’, como les decimos a los que arponean. El arpón no funciona en la pesca comercial, se acaban todo. También está la pesca industrial con redes de arrastre, ellos se acaban todo más rápido”. Y agrega: “El gobierno le carga la mano al pescador ribereño con los permisos, pero no le dice nada a los sardineros, a los atuneros”.

Este trabajo para Felipe es un gusto porque sabe que es importante para su comunidad. “Creo en las Zonas de Refugio Pesquero, es bueno, permite la reproducción de los peces. Yo creí en todo esto por Cabo Pulmo”. Según él, no en todas las regiones ha funcionado el modelo, “por la falta de vigilancia, por el uso de redes en donde no se puede”. Sin embargo, hay casos de éxito como San Marcial: “Va muy bien, es una forma de conservar y aprovechar el recurso, que siempre haya para los pescadores, para los buzos, para todos”.

San Evaristo pertenece al llamado “Corredor”, donde desde 2012 se establecieron las primeras Zonas de Refugio Pesquero en México. Ahí no se permite ninguna actividad extractiva, pues se busca recuperar las poblaciones y regularizar los ciclos de vida de especies comerciales.

El Corredor abarca desde San Cosme, al sur de Loreto, hasta Punta Coyote, al norte de la Bahía de La Paz. Consta de 13 comunidades remotas que viven en condiciones difíciles, pero que están haciendo la diferencia por medio de la pesca ribereña sustentable. Los buenos resultados no tienen que ver con la biomasa del ecosistema marino, los subsidios a la gasolina de las embarcaciones o la participación de organizaciones no gubernamentales. El éxito está relacionado con que se tomó en cuenta a la población para que decidiera sobre su futuro y sus recursos pesqueros.

Cabo Pulmo y los poblados de El Corredor, son casos muy diferentes, pero demuestran que las reservas marinas, la pesca sustentable y la deportiva, el buceo recreativo y la observación de fauna marina, pueden convivir en el “acuario del mundo”. Todos caben en el Golfo de California.

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