"Si mi padre pretendió que lo fuera, falló: no fui un ambientalista precoz".

Por Pablo Duarte

Durante la década de los 80 ciertas ciudades del interior del país prometían, en la mente de los recién llegados, un comienzo impoluto. Como tantos otros, mi familia aprovechó cualquier excusa laboral para abandonar la Ciudad de México y refundarse en otra zona llena de novedad y de simpleza. Nací, nació mi hermano y vivíamos una vida estrecha en lo económico, pero por lo demás despreocupada.

Como si hubiera pretendido recordarme que ese idilio suburbano era ficción, mi padre me regaló un poster. Eran varias imágenes sobre fondo negro, acompañadas de recuadros de texto: paisajes poco afortunados, un cielo oscurecido por smog, escuelas de peces flotando boca arriba y, eso sí no me falla la memoria, la foto de un infante atacado por el hambre y por moscas. Junto a estas postales del desastre, el mensaje escrito no era distinto. A grandes y terribles rasgos la idea era esta: si seguimos como vamos, para el año 2000 el mundo estará así. Aquel regalo quedó sujeto por chinchetas a la pared de mi cuarto por ahí del año 86 u 87. Esa fue la primera intimación con el cataclismo.

De los múltiples escenarios espantosos recuerdo dos con certeza. El primero era el que acompañaba la foto del infante. Prometía que rebasaríamos los seis billones de personas llegado el cambio de milenio. En consecuencia, el desperdicio alimentario y la desigual distribución de los recursos, explicaba según mi asustadiza memoria, provocaría hambrunas sostenidas en muchas regiones del país. El otro era el recuadro dedicado la basura, había gaviotas revoloteando sobre un tiradero a cielo abierto… la sensación era de ahogo. Algo con miles y miles de toneladas de deshechos flanqueando carreteras, flotando en barcos, directamente sobre el agua. Ambos tuvieron su impacto inmediato en mi comportamiento, aunque quizá no del modo más efectivo para la preservación del medio ambiente.

Durante un muy breve tiempo, cuando tenía seis o siete años, comencé a guardar, por miedo a sumar a las miles de toneladas de basura que imaginaba cercarían nuestra casa en cuestión de tiempo, botellas de plástico, envolturas, tapas, y demás detritus del consumo. No detuve mi compulsión por desayunar papas adobadas en el recreo, pero sí comencé a llevarme el envoltorio hasta mi cuarto. Sumados, todos esos restos cumplían la profecía pero a la inversa: el cuarto –primero debajo de la cama y la mesita, y pronto desparramados– se iba llenando de basura hasta que mi madre, en su ronda semanal para limpiar reiteraba la amenaza: “todo esto va a la basura o a la basura vas tú”. Habrá durado poco mi activismo: mi madre encauzó mi frenesí hacia el incipiente centro de reciclaje de la colonia y así sentí que hacía las paces con el póster. Por lo menos con una parte de él.

El recuadro del desperdicio alimentario y de la hambruna terminó por convertirse en un malentendido sobre lo biodegradable. Mis padres habrán tenido que explicarme en algún momento que la maceta no era el mejor lugar para enterrar los pedazos de milanesa que ya no podía comerme. A cambio de esa vocación de compostero, plantamos algún árbol frutal y con los limones hicimos agua y me sentí menos culpable.

Si mi padre pretendió que lo fuera, falló: no fui un ambientalista precoz. Algo, sin embargo, me fue quedando. El saldo general de esa primera escaramuza con las consecuencias reales de nuestra vida cotidiana –consumista y olvidadiza, a veces irresponsable y a veces más intencionada– terminó siendo una angustia temprana y poco entendimiento ambiental.

Ahora, por suerte, he recuperado el que supongo era el camino original deseado por mi padre: reconocer que la ficción diaria está fundada sobre tantas y tantas consecuencias reales y urgentes que hay que andar con juicio por el mundo. Porque, supongo que el afiche atinó en las predicciones, si no es que estuvieron rebasadas. No hay reinicio impoluto, como el que pretendió mi familia en los 80. Más bien esta es una cadenita que habría que desmontar de a poco.

La población añade millones cada año, las hambrunas persisten, los grandes tiraderos y las manchas oceánicas se ensanchan. De haber sido más entendido, más precoz, habría podido hacer algo más sensato que solo guardar basura bajo la cama o hacer composta en los malvones.

Qué intriga pensar dónde quedó, descolorido y roto, quizá ilegible o, con suerte, transformado en otra cosa, aquel póster de mi infancia.

Pablo Duarte es editor, ensayista y traductor.

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