Edición 39
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Basura humana

Por: Daniel Sánchez Poitevin @Dapoitevin

En un provocativo documental, Slavoj Zizek aparece en medio de un basurero escenificando lo que para él es el lugar ideal del ser humano: en la basura. “Aquí es donde deberíamos empezar a sentirnos en casa”, dice en medio de una montaña de desperdicios. La basura, además de ser una característica inherente al ser humano, es una condición que nos identifica y una forma de pertenecer al mundo. Nos son más propios los desperdicios que generamos que otra cosa; incluso el espacio que no habitamos, más allá de la atmósfera, lo hemos llenado de basura. Basta con dejar de limpiar un momento para que la basura se amontone casi milagrosamente; incluso si nos quedamos parados, en poco tiempo haremos una montaña de pestañas, vello y piel. Dice Michel Serres que lo que está limpio no pertenece a nadie; la condición para apropiarnos de algo o de habitar algún lugar es a través de la mancha que imprimirnos en los objetos y nuestro entorno: sólo poseemos ensuciando. Del mismo modo que una enfermedad degenerativa, la basura no desaparecerá, hay que vivir con ella. Sin embargo, lo que sí se puede decidir es de qué modo vamos a hacerlo. Las sociedades nos organizamos para tratar y ocultar las toneladas de desechos que generamos a diario. Unos lo hacen mejor que otros: Suecia hace un año se quedó sin basura debido a la eficiencia en sus sistemas de recolección, reúso y reciclaje, y tuvo que importarla para mantener sus plantas; en México tuvimos una kilométrica alfombra bajo la cual arrojamos impunemente por años nuestros desperdicios en el Bordo Poniente; los lunes por la mañana sorteamos infectos charcos de lixiviados en cada esquina que dejan los camiones recolectores. Existen regiones de la Ciudad de México y Área Metropolitana —Santa Fe, por ejemplo, insignia del desarrollo económico de México hace años— cuyo perenne hedor proveniente de cañerías impregna las zonas de inmuebles de notable estilo arquitectónico construidos sobre basura. En una suerte de alquimia del subdesarrollo, convertimos los ríos en tuberías, que desembocan en mares de mierda, literalmente

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