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Mis primeros desastres : Todos necesitamos un hogar

Orfa Alarcón*

Mi gran error fue confiar en los mata perros, ¿qué palabra puede tener quien no respeta la vida de un animal nada más porque se ve feo en su colonia nice? Los dos perros pastaban sin preocupación afuera de la colonia (porque eso hacían, sólo estar ahí echados entre el pasto; no ladraban, no agredían, no molestaban ni exigían nada, sólo estaban ahí porque no tenían dónde más estar). Los vecinos, asqueados, no pudieron soportar un espectáculo tan feo: dos perros alegres y sanos, pero mestizos, en una colonia clase media como cualquier otra, pero pretenciosa como ninguna. Y mi error, cuando dijeron que llamarían a la perrera en 15 días fue creerles. ¿Qué palabra puede tener alguien que tiene un concepto tan retorcido de lo feo, que cree en la exterminación de algo porque simplemente no le gusta?

No llamaron los vecinos a la perrera a los 15 días, sino al día siguiente. Yo me había movilizado buscando un lugar para esos perros, tenía la casa llena, eran un par de perros hermosos pero ya no eran cachorros, y eso dificultaba su adopción. Y de pronto, la perrera ya había hecho lo suyo y los perritos niños (pero no bebés, como los quiere la gente) no estaban por ningún lado.

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Según ha dicho Raymundo Flores Elizondo, el alcalde de Apodaca, en diversos eventos públicos, al municipio llegan en promedio 20 familias por día. ¡Por día! Por eso cuando uno recorre las calles de repente ve una nueva colonia por aquí, un nuevo centro comercial por allá, un llano escarbado, árboles tirados, pozos, el concreto extendiendo sus largos brazos.

Apodaca, Nuevo León, es área de conejos, liebres, coyotes, tlacuaches, patos, tortugas, distintos tipos de aves y reptiles… Aunque llevo dos años viviendo ahí y mi colonia está en medio de mucho (pero cada vez menos) monte, sólo me ha tocado ver un par de correcaminos. Y perros, muchísimos perros. Incluso he detectado algunos puntos que la gente ha tomado de tiraderos de animales porque el perro creció, porque ya no cabe en la casa, porque tuvo perritos, porque ya está viejo, porque la señora está embarazada… perros tirados como basura.

Apodaca crece como un monstruo, aplastando a especies no domésticas, y deshaciéndose de las domésticas. Cuando fuimos a la perrera a buscar a mis perritos, el olor de tantos animales hacinados era para llorar… no por sentimentalismo, sino porque realmente irritaba los ojos. A cada minuto entraba una nueva llamada de alguna señora que quería que pasaran por equis o ye perra preñada que le afeaba la banqueta, y que estaba a punto de multiplicarse.

No somos conscientes de que somos intrusos y de que el mundo no nos pertenece, y el pedazo de tierra que podamos deberle al Infonavit no nos da el derecho de expulsar de nuestra vista a quienes llegaron antes que nosotros. Evidentemente, la vida silvestre no tendrá ningún interés en convivir con nosotros, y se limitará a su espacio cada vez más pobre y reducido; pero los animales domesticados no han entendido que los humanos somos malos vecinos. Les enseñamos durante siglos a vivir con nosotros, y si luego nos estorban recurrimos al exterminio como se recurre al sistema de recolección de basura para deshacerse de lo que sobra de la fiesta.

La historia de mis perros no tuvo final feliz. La hembra fue capturada y se enfermó en la perrera. De regreso en casa se convirtió en una perra triste. Dimos con su hermano, que había huido, y también se contagió. Pasaron un par de meses terribles. Ahora están sanos y contentos y viven en mi casa y eso debería ser suficiente felicidad para mí, pero no logro perdonarme el haber creído en quien ve a los animales como un problema, y no como en los vecinos que vienen a enriquecer nuestra estadía en este planeta.

Cada vez hay menos especímenes silvestres en Apodaca, y cada vez más domésticos arrojados a la calle. Algo estamos haciendo muy mal.


* Autora de Perra brava (Planeta, 2010) y Bitch Doll (Ediciones B, 2013). Dirige el proyecto Terraza 27.

* Texto originalmente publicado en Crónica Ambiental, 06, noviembre 2014

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